9.08.2010

Ready? Go!

Parece que las cosas van marchando, y es que ayer reenvié las correcciones del libro y, si todo va bien y no hay más puntualizaciones a hacer, entraremos en lo que es propiamente el proceso de edición e impresión (YAY). Sólo tengo que decir que mi parte de correctora ha de emplearse a fondo en corregirse a sí misma, sobre todo dos cositas: me matan las comas y el leísmo T_T

Por otra parte, después de una agradable comida ayer y la subsiguiente sobremesa (o sofá) con Reich-El y Mr. Lutin, decidí que yo también me voy a dedicar a la noble tarea de actualizar esto más de una vez al mes o lo que sea, empezando por una vez a la semana hasta que mi constancia coja las maletas y se vaya a paseo. Es un buen propósito, como todos los que quedaron por alguna parte inexplorada de mi memoria.

Y aunque no siempre postee cuentos, como mi vocación sigue siendo el contar historias, os dejaré a veces con cuentos de otros, cuentos que para mí no sólo han significado inspiración sino también una nueva manera de ver la letra escrita.

El primero de ellos, ¿cómo no?, es un cuento de Edgar Allan Poe que mi tío me leía en La Hora del Cuento de la biblioteca de mi pueblo. Mi cuento favorito del maestro del terror romántico:

BERENICE (traducción de Julio Cortázar)

Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas.

Ebnaiat

La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.

En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.

Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.

Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.

Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.

Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.

Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.

En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.

Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.

¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?

Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.

FIN


8.05.2010

Habemus website

He aquí mi web de correctora, traductora y redactora a nivel profesional:
haypalabras.com

5.24.2010

Publicación de "DESDE LA OSCURIDAD"

Éste es un post meramente informativo para dar a conocer mi reciente contrato con la editorial Eldalie para la publicación de mi primer libro: "Desde la oscuridad". Se trata de 13 relatos cortos (entre las 4 y las 39 páginas ^^) de terror, cada uno de los cuales responde a un miedo primario de la humanidad (y alguno muy personal mío, haha).

Todavía no hay fecha de publicación, pues el libro está en proceso de edición y etc., pero yo me he animado y estoy preparando ya una "segunda parte", por decirlo de alguna forma, que consiste en otros 21 cuentos (número que sigue al 13 en la sucesión de Fibonacci), también dentro del género del terror pero desde otra perspectiva muy diferente.

Iré posteando algún que otro cuento más a menudo si puedo e informando del progeso en la edición del libro.

Un saludo muy grande a todo el mundo,

Anna Morgana Alabau

5.05.2010

SER

He aquí un pequeño cuento, el primero después de mi recuperación (hehe), directamente inspirado por uno de los libros que leí últimamente (ver tag, que sino es Spoiler ^^). Espero que os guste.

Título: Ser
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 1154
Género: misterio, terror (muy light), romántico (pero romántico de Bécquer, para entendernos)
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

SER


Fuera hace frío y me pregunto qué hago aquí. Apenas puedo recordar el calor del sol en mi piel o el verdadero color de las cosas. Me despierto cada noche aullando de dolor en mi cama dura y helada, escondida del mundo a la vez como siempre y como nunca. Y lo único en lo que puedo pensar es en el hambre que me consume.

Nunca fui una persona alegre, ni siquiera sé si fui feliz. Supongo que sí, a veces, a mi manera. Siempre tuve la sensación de que, cuanta más gente me rodeaba, más sola me sentía. Pensaba que un día perdería la razón, que enloquecería irremediable e irreversiblemente y, a decir verdad, no me importaba si la recompensa por ello era cierta dosis de genialidad. Nunca pensé que la locura llegaría antes que la recompensa, ni que mi vida acabaría antes de empezar.

Mi infancia no fue nada del otro mundo: jugaba en la calle, iba a la escuela, tenía amigos, mis padres me querían… Ni siquiera tuve una adolescencia remarcablemente traumática. Mi único problema era la mediocridad. Odiaba la idea de no destacar en nada, de tener una vida estándar como todos los demás. Y me aterrorizaba conformarme con ello. Envidiaba en secreto los delirios de Van Gogh, la soledad de Lovecraft, la sociopatía de Nietzsche, porque, creía entonces, que era lo que les había dado su visión genial del mundo y de la vida, su salida de la mediocridad. Y ese era mu sueño.

Ahora ya no duermo; no hay imágenes que vengan a mí cuando cierro los ojos ni anhelos en mi mente que no pueda alcanzar. He salido de la mediocridad, me he convertido en uno de los seres más fantásticos que pueblan la tierra, pero no soy feliz.

Recuerdo que siempre detesté las cosas fáciles de la vida: levantarme cada mañana, ducharme, desayunar, ir al trabajo… Los retos, en cambio, me fascinaban y me llenaban de vida. En cuanto pude salir de casa, vagué por el mundo con una mano delante y otra detrás, con la mochila al hombro y sin ningún propósito claro a parte de huir del tedio y el hastío de una rutina insatisfactoria con la que casi todo el mundo parecía conforme; una vida sin emoción. Cada vez que me cansaba de un sitio, pagaba al casero un mes más por las molestias, recogía mis bártulos y me marchaba ese mismo día a otra ciudad, otro país, a donde fuera. Hasta que encontré el amor, y él me llevó a otro mundo, me encadenó a él y tiró las llaves.

Nunca he necesitado huir tanto como ahora, pero ya no puedo hacerlo.

Era primavera. Sé que a alguna gente le gusta. A mí no me acababa de sentar del todo bien: tenía cambios de humor, sufría resfriados que nunca se curaban del todo, me sacudían horribles ataques de alergia, se me mojaba la ropa en el tendedero y nunca sabía qué ponerme para salir a la calle.

Tenía uno de esos días en los que crees que todo es una mierda, que nada te sale bien y que el pozo es tan profundo como tus ganas de salir de él, pero no hay escalera por la que subir, ni cuerda por la que trepar, y el exterior parece cada vez más oscuro y lejano. Así que, como de costumbre, me preparé la comida, me pinté los labios, clavé en mi cara la sonrisa de pega y me fui a trabajar. Cuando acabó mi turno, a ciudad estaba a oscuras. El día había acabado, pero eso no consiguió animarme.

- No hay razón – dijo de repente un voz tras de mí en la calle desierta mientras volvía andando a casa – para estar tan triste.

Me volví despacio, la llave de mi apartamento sujeta como un pincho entre el índice y el corazón, mi corazón en la garganta, latiendo enloquecidamente. Él sonrió, se quitó el sombrero y unos mechones de pelo oscuro y brillante se deslizaron sobre su rostro cuando inclinó la cabeza para saludarme. Había un brillo extraño en sus ojos, y mi mundo se detuvo un instante en su sonrisa.

- No estoy triste – balbuceé, pero la mentira se rió de mis palabras.

Él se acercó a mí y me tendió la mano pronunciando su nombre en un susurro. Sus ojos, ni verdes ni azules, ni grises ni negros, ni brillantes ni apagados, se clavaron en los míos y sentí el rubor invadir cada centímetro de mi rostro. Solté su mano fría como si me hubiera electrocutado y le espeté las buenas noches mientras echaba a andar de nuevo con paso marcial hacia mi casa.

No volví a verle hasta al cabo de una semana, pero entonces ya me había enamorado de él. Su dulzura me parecía encantadora; su encanto, de otro mundo, y todo su ser parecía arrancarme de las fauces de la tristeza y la mediocridad en la que me había sumido.

Recorrí por un tiempo el mundo a su lado, disfrutando de las horas, los minutos, los segundos que pasábamos juntos. Íbamos a fiestas, a conciertos, conocíamos a gente famosa o interesante y, a menudo, ambas cosas. Él se había convertido en mi locura genial, en mi pasaporte al mundo fantástico con el que siempre había soñado y, un día, se dio cuenta de ello.

El sol se había puesto tras las almenas del hotel que un día fue un magnífico castillo y él apareció de repente, con calma, como surgido de un sueño a duras penas recordado. Le ofrecí vino, como siempre, y como siempre lo rechazó. Me sonrió y me dijo que aquella noche iba a ser eterna. Y no mintió.

Su beso fue cálido al principio, luego doloroso, húmedo, aterrador y apasionado, frío, triste, melancólico, culpable, desesperado, vencido. El despertar fue aún más terrible. El dolor me recorrió como un latigazo. El aire me quemaba por dentro a cada bocanada y la luz de la luna cegaba mis ojos, que sólo podían ver blancos, negros y rojos en la campiña que se extendía bajo el balcón de nuestra habitación. Él me abrazó y murmuró una disculpa y una advertencia y me abandonó a mi suerte, como a todos sus hijos.

Desde aquella noche, mi noche eterna, no he vuelto a ver la luz del sol, ni el color de la hierba ni el del mar ni el de la tierra. El mundo es frío y desolador y nada en mi existencia tiene sentido. Nada, salvo la sed me que despierta cada noche, que me enloquece y me obsesiona y me impide dejar de ser, dejar de alimentarme, dejar de existir como uno de sus vástagos, propagando su estirpe y su enfermedad allí por donde vaya; llevando conmigo la muerte y la desdicha que son el nombre de su ser, de su casa, de su familia: de los hijos y las hijas de Vladislaus Drácula.

1.25.2010

Lirio y la dama blanca

He aquí un pequeño cuento de escritura automática, es decir, coger la página y empezar a escribir sin ideas ni palabras ni imágenes premeditadas ni pensadas con anterioridad.

Seguramente se podrían decir muchas cosas del cuento, pero espero por mi bien que nadie me psicoanalize a través de él XDD

Título: Lirio y la dama blanca
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: pues no lo sé, porque he empezado a escribir directamente en el post ^^
Género: drama? nose
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

Lirio y la dama blanca

- ¿Qué haces, Lirio? - preguntó cansado el profesor.

- Espero a la dama blanca - respondió él con tristeza.

El profesor le miró con tristeza en los ojos y sus lágrimas contenidas se unieron a las del infante, sentado a la orilla del mar lavanda. Un suspiro escapó de sus labios, tan breve como la vida de Lirio, y con gesto agotado se volvió a su despacho.

- ¿Qué haces, Lirio? - preguntó la enfermera un rato después.

- Espero a la dama blanca - respondió Lirio de nuevo. Sus piernas inmaculadas danzaban en el aire, suspendidas de su cuerpo sobre la repisa del muro que encerclaba el edificio, la orilla del mar lavanda que arremetía sus olas contra los bloques de piedra bajo sus pies.

La enfermera meneó la cabeza con tristeza, planteándose si acariciarle el pelo rubio y brillante como señal de cariño. Pero lo desestimó y se alejó hasta el patio interior donde los naranjos ya empezaban a dar sus frutos rojizos.

Lirio seguía mirando hacia el mar, a sus olas lavanda que se mecían como una madre mece a un bebé en la cuna, al aire anaranjado que movía las nubes violeta en su cielo claro de verano, danzando con sus piernas suspendidas del alto muro.

- ¿Qué haces, Lirio? - preguntó otra de las enfermeras.

- Espero a la dama blanca - contestó sin siquiera pestañear.

- ¿Quién es la dama blanca, cielo? - volvió a preguntar ella, que jamás se había percatado del niño rubio que, día tras día, miraba al mar desde el alto muro que protegía el edificio.

- La dama blanca es mi mamá - respondió él sin apartar un segundo la vista del mar.

La enfermera abrió la boca para hacer otra pregunta, pero algo la calló. Se dio la vuelta, repentinamente asustada, y corrió hacia una de sus compañeras, que atendía a otros enfermos en el patio de los naranjos.

- Lisabel - la llamó -. Lisabel ¿puedes ver a Lirio, sentado en el muro mirando al mar? - preguntó aterrorizada.

Lisabel la miró con tristeza, miró al muro y otra vez, con cierto alivio en el cuerpo, de nuevo a su compañera.

- Lo siento Linda, de veras que lo siento.

La enfermera corrió entonces, presa del pánico hasta el despacho del profesor, pero alguien la detuvo antes de que entrara.

- Él también le ha visto - le dijo otra de sus compañeras, que la mantenía asida por el brazo. Linda sintió que las lágrimas empezaban a resbalarle mejillas abajo y que una pena inmensa invadía todo su ser -. No llores Linda, querida, no es tan malo como parece.

- Pero vamos a... vamos a... - balbuceaba la enfermera, incapaz de pronunciarlo.

- Sí. El profesor le vio ayer, yo, hace una semana - explicó Millie -. Ahora que somos tres, la dama blanca puede cruzar el mar lavanda y pasar una noche con su hijo. El precio, somos nosotros.

- Pero yo no quiero... no puedo... - balbuceó otra vez, llorando con todo su sentimiento.

- Mírale, Linda - dijo Millie con dulzura -. Mira a Lirio y dime si la muerte no es un precio muy bajo para que este niño pueda dormir en los brazos de su madre otra vez.

Las lágrimas cegaban los ojos de Linda, la rabia, la injusticia, el miedo no le dejaban ver. Millie pasó su manga por los ojos de ella y Linda observó un momento a Lirio, sentado en el alto muro de cara al mar lavanda, sonriendo con tristeza mientras sus piernecitas danzaban al aire del verano. Le miró y sintió lástima, amor, ternura. Luego miró a su compañera con la mirada triste que ahora los tres compartían y respondió:

- Sí, lo es.

12.10.2009

Apariencia

Historia un poco cínica, la que me ha salido, en un ejercicio de lanzarme a escribir sin plantearme personajes, historia, ni nada de nada a excecpción de el nombre de una calle.

La verdad, todo hay que decirlo, es que llevo unos días poco inspirada y, aunque he escrito cosas que han valido la pena (y que guardo como oro en paño), las Navidades no son mi época más prolífica (será por todo este ambiente desagradable de compra compulsiva y nerviosismo generalizado XDD). Seguramente, ahora que lo pienso, tenga ésto algo que ver con el tono del relato que sigue.

Vosotros juzgáis o no, aunque siempre es grato saber que leéis ^^

Título: Apariencia
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 914
Género: narración
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

La calle Brahms era un sitio que sorprendía a los sentidos. Y no hablo de sorpresa en su acepción más agradable, como la sorpresa de amanecer antes que el sol, ir a la cocina a por un vaso de agua y encontrar el comedor inundado de regalos. No. Lo sorprendente de la calle Brahms, lo que la definía y la definirá hasta el fin de los tiempos, es que era la imagen, el olor, el tacto, el sabor y el sonido de la más absoluta repugnancia.

Alargada y serpenteante, la calle se adentraba y cruzaba de punta a punta el barrio más peligroso, sucio y miserable de cuantos hubiere en la ciudad. Sus adoquines resquebrajados y tambaleantes propagaban el eco de los pasos de traficantes y prostitutas, y precipitaban al suelo a vagabundos y transeúntes, que manchaban sus negras losas con la sangre y el vino de sus bocas. Las aceras imperceptibles acogían los vehículos de toda clase de maleantes, que se detenían en plena calle a cualquier hora del día o de la noche para llevar a cabo robos, asesinatos, violaciones y toda suerte de fechorías.

Los disparos, gritos, insultos, improperios, golpes, bocinazos y el sonido de cristaleras desplomándose contra los suelos hechas añicos componían la banda sonora que acompañaba la vida en la calle Brahms. El olor que la distinguía mezclaba sangre, sudor, vino y orina.

Ése era el barrio, la calle y el hogar en el que vivía y trabajaba la dulce Meribet. Su nombre, sacado de un culebrón televisivo por su madre y aceptado a regañadientes por un padre que en su casa jamás tendría voz ni voto, le había acabado proporcionando grandes beneficios en su profesión, pues todos sus clientes asumían que se trataba de un seudónimo y ninguno jamás conseguía sonsacarle su nombre real.

Meribet se paseaba por la calle Brahms, arriba y abajo todo el día, buscando clientes que le dieran, a cambio de una mano experta, el dinero suficiente como para comer, pagar un techo y alimentar a su hijo. La mayoría eran malhechores, por supuesto, venidos de todas partes de la ciudad. Deseaban un alivio de sus penas, sino la absolución ficticia de sus pecados que podía proporcionarles el oficio de la dama. Y ella era realmente buena en eso.

Había otras, por supuesto, que competían con sus habilidades por los clientes. Pero Meribet tenía un arte, un saber hacer, que les faltaba a la mayoría de ellas y a gran parte de ellos. El oficio era difícil, a pesar de todo, pues los hombres solían ser duros competidores y más de un mes y de dos, Meribet había tenido que ofrecer otra clase de servicios además de los que le eran propios para conseguir el dinero suficiente para seguir adelante.

El lugar de trabajo de Meribet era su propia casa, a penas treinta metros cuadrados de piso en un bloque de edificios que se perdía en el cielo, tapando el sol de la vista de cualquier transeúnte de la calle Brahms. Una habitación mugrienta y mal iluminada le servía como lugar de reuniones donde llevar a cabo el intercambio con sus clientes. Desgraciadamente, no le proporcionaba la intimidad suficiente como para no oír la televisión que Marcos, harto de las constantes idas y venidas de su madre con todo aquél elenco de tiparracos a su casa, se empeñaba en subir de volumen cada cinco minutos.

Las visitas solían ser cortas aunque constantes. Había clientes que llevaban acudiendo a casa de Meribet más de diez años, incluso antes de que Marcos hubiera nacido. Él no sabía quién era su padre, como tampoco lo sabía Meribet o, almenos, eso decía ella. Marcos tenía la extraña sospecha y el sueño de que su madre sí lo sabía, y de que su progenitor era un hombre de bien, alguien que había caído por error en las garras de su madre y su pérfido negocio y que había sabido huir a tiempo, alguien que vivía muy lejos de la calle Brahms y toda su inmundicia y que un día iría a buscarle y se lo llevaría a un lugar mejor.

Marcos solía soñar despierto, con la televisión a todo volumen mientras su madre atendía a algún cliente o a dos o tres a la vez en su sala de reuniones, acerca de ese lugar mejor. Soñaba con edificios altos, pero no tanto como para tapar la luz del sol y el azul del cielo. Soñaba con una casa grande, bonita, soleada, bien decorada, con las paredes pintadas de blanco o azul en vez de empapeladas de verde; con sillas y sofás mullidos en vez de muebles de madera vieja; con mesas familiares en vez de escritorios con cajones; con radiadores que funcionaran de verdad en cada habitación en vez de una chimenea inútil plantada en medio del salón.

Los ruidos, gritos y golpeteos en la sala donde su madre atendía a los clientes se convertían en música en los sueños de Marcos, en los que él siempre estaba con su padre, un hombre de bien, un hombre con un oficio digno como el de lampista, mecánico, tendero o barrendero. Porque en los sueños de Marcos, su padre era ése héroe que le apartaba de Meribet y de la maldad que reinaba en la calle Brahms, y lo llevaba a ese lugar especial, ese sitio diferente que cubría la inmundicia con un velo de inocencia, donde los traficantes se llamaban ejecutivos; los maleantes, hombres de negocios, y las prostitutas, abogados.

11.25.2009

Eufemismos

- ¿Os habéis dado cuenta de lo mucho que decís la palabra “eufemismo”? – dijo el amigo, reclinado sobre la silla de mimbre en el balcón del chalet.

El aire era frío, nada estival. Porque no era verano; era el puente de mayo (uno de los muchos que hay repartidos por todo el año) y se celebraba la primera visita del verano a la playa, o al menos, era lo que hacíamos nosotros. El mar lamía plácidamente la arena unos metros más abajo, muy cerca de donde nos echamos a reír y olvidamos la anécdota, como hacemos con todas, para rememorarla en las sucesivas quedadas.

- ¿Dices esto como eufemismo de…? – solíamos preguntarnos unos a otros, y hay quien conserva aún la manía.

Es una pregunta retórica, o debería serlo, puesto que en esta vida casi todo lo que decimos lo decimos como eufemismo de algo.

Decimos original como eufemismo de raro, diferente como eufemismo de extravagante, imaginativo como eufemismo de perturbador. Utilizamos simpático para no decir gordo, independiente para no decir solterona, de color para no decir negro, asiático para no decir chino o chino para designar a cualquier asiático.

Cambiamos mono por “chico que no da asco pero con el que no saldría ni cobrando”, extremado por “digno de una prostituta de las Ramblas”, maduro por “viejo para mí, pero que no anda con bastón”, o muy joven por “niñato que no ha pisado más allá de las faldas de su madre”. Hacemos trueques con el lenguaje, trapicheos malévolos esperando que nadie se dé cuenta de a qué nos referimos en realidad con aquello que estamos recubriendo con la capa del eufemismo como si de caramelo se tratara.

Canjeamos términos hirientes como retrasado por otros más simpáticos como cortito, tonta por buena, pertinaz por testarudo, insistente por pesada, indigente por vagabundo, seguro por intransigente, convencional por anticuado, severo por tirano, nerviosa por histérica, ambiciosa por trepa, jovencita por inexperta, estresado por amargado, poco hablador por seco, reservado por tajante, tránsito intestinal por caca, interno por preso, acción armada por atentado, limpieza étnica por genocidio y genocidio por asesinato. Disfrazamos al soborno de tráfico de influencias, a la crisis de desaceleración, a la mentira de falta a la verdad, a la caja de cerillas de piso íntimo, a la persona que no encaja en nuestra visión cuadriculada del mundo de alguien especial.

Y lo hacemos todos: mentiroso quien quiera salvarse.

Hay grados, claro, como los hay con los prejuicios, la psicopatía o los resfriados. Pero en mayor o menor medida, todos acabamos teniendo.

Y llega el punto en el que usamos eufemismos hasta para el trabajo, denigrando puestos que jamás habrían sido vergonzosos de no ponerles nombres rimbombantes. Intentamos dignificar oficios de por sí muy dignos con títulos pseudoacadémicos. Cambiamos al bedel y a la señora de la limpieza por técnicos de mantenimiento, al policía urbano por un cuerpo de seguridad y control del tráfico, al dependiente por personal de ventas, al camarero por empleado de hostelería, al ama de casa por una empleada del hogar y a la puta de toda la vida, la cambiamos por una trabajadora del placer o de la noche.

Y ha habido momentos, no lo negaré, como ese día en la playa, en los que los eufemismos nos han proporcionado grandes dosis de risa. Esto no es, al contrario de lo que pueda alguien pensar, una reivindicación panfletaria contra el eufemismo como fenómeno, sino solamente una pequeña queja sobre la reciente falta de imaginación del mismo. Y no digo imaginación como eufemismo de extravagancia, sino de complejidad, de juego, de doble sentido, de astucia lingüística.

¿O no era más gracioso llamar a un burdel “casa de sombreros”, “casa de tolerancia” o incluso “whiskería” que “local de alterne”? ¿No era más imaginativo llamar a una prostitutas “halcón nocturno” o “señora que fuma” que “trabajadora sexual”? ¿No tenía más gracia cuando la cárcel era el “trullo”, “la sombra” o “Chirona” que un “centro penitenciario” o de “restricción de la libertad”? Bien, seguramente no para los presos, pero para que nos entendamos. ¿Cuándo perdimos la capacidad o la voluntad de esconder lo que no nos atrevemos a decir bajo expresiones un poco trabajadas? ¿Cuándo empezamos a dejar de decirlo absolutamente todo por su nombre, por cierto?

¡Ah! Qué buenas expresiones aquellos eufemismos que llamaban al ladrón amante de lo ajeno, aquellos en que los feos no eran poco agraciados sino que les sentaba bien la oscuridad, los que otorgaban a los bizcos el poder de mirar contra el gobierno. ¡Qué grandes eufemismos de cagar el ir de vientre, sentarse en el trono o visitar al señor Roca! O la explicación de qué se va a hacer exactamente en el retrete según el cabal de las aguas…

Afortunadamente, hay campos en los que siempre destacará la imaginación (en un mayor o menor grado de acierto) en lo que a eufemismos se refiere. Sino lo creéis haced el ejercicio y decidme cuantas palabras, fuera de lo que hoy se considera “políticamente correcto”, podéis nombrar como eufemismo de emborracharse, porro y pene.

11.16.2009

Descripción

Otro de los ejercicios del curso de narrativa, éste se trataba de escribir una descripción de un personaje que diera la idea de cómo es el personaje en todos los ámbitos.

Hice tres: una convencional, una enumeración y un diálogo. Y la que va a quedar en el blog va a ser la enumeración, que es un experimento en el que tenía poca fe en un principio pero que creo que ha acabado teniendo un buen ritmo y dando la impresión que quería transmitir.

Título: Descripción / enumeración
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 334
Género: descripción
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

Despertador, ducha, albornoz, café, periódico, ropa, maletín preparado de la noche anterior. Ascensor, llave del garaje, coche deportivo. Dar los buenos días al vigilante con un gesto, con el periódico todavía en la mano.

Aparcamiento de la empresa, plaza 7B. Comprobar la crencha y el nudo de la corbata en el espejo plegable del coche. Salir, cerrar, caminar hasta el ascensor de personal y activar la llave hasta el séptimo piso.

Otra gente en el ascensor: no se conoce, no se saluda. Se bajan en la cuarta. Tres plantas para comprobar los zapatos de cuero brillantes e impecables, los pantalones de pinza oscuros sin una sola arruga, el sudor que no ha empezado a aparecer todavía en las axilas de la camisa blanca ni en las de la americana del traje, a juego con los pantalones. Se ha olvidado el sujeta-corbatas pero es un hombre joven: da una imagen de dinamismo y modernidad. No lo necesita. El reloj de pulsera de oro macizo es lo que realza su estatus.

No hay anillo de casado, ni mujer ni prometida. Ni siquiera una pareja estable. Su cara en el espejo del ascensor le dice a veces que quizás ya no es tan joven después de todo. Una campanilla anuncia la llegada a la séptima planta. Saluda a la secretaria, a un par de compañeros. Entra en el despacho.

Mensajes: reunión después del almuerzo, comida con el director del bufete (esperanzas de ser socio en bandeja de plata), reunión de la tarde cancelada. Una oportunidad para ir al gimnasio.

Repasa ficheros de casos del maletín a la mesa y de vuelta al maletín. Llamadas a la secretaria, comprueba el correo electrónico y de almuerzo, una manzana. Reunión, trabajo, comida de trabajo, éxito en el trabajo, gimnasio, llamada de trabajo, visita a un cliente, éxito en el juzgado, bonificaciones salariales, gran trabajo.

Y por la noche: coche, ascensor, casa, brandy y cena para uno frente al televisor, masajeador de pies automático, pijama de seda y cama vacía.