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6.15.2012

Legendarium y otras noticias


A la luz de las primeras reseñas de Legendarium, he actualizado hoy la página de “prensa” del web Delirium Tremenz, incluyendo enlaces a éstas, además de algunas noticias sobre el lanzamiento que han salido en la prensa. Asimismo, copio en esta entrada una nueva nota de prensa de la editorial, en la que podéis encontrar un poco más de información acerca de la obra:

ISBN ebook: 978-84-9967-384-4
PVP ebook: 2,95€
ISBN papel: 978-84-9967-383-7
13 x 20 cm; rústica; 96 páginas
Colección: Tombooktu Terror

Javier Pellicer y Rubén Serrano son los compiladores de esta antología. Pellicer ha ganado varios premios    literarios de relato fantástico y ha sido finalista en un puñado de ellos, además de haber participado en diversas antologías de terror. Rubén Serrano es escritor, periodista y autor de obras de género fantástico, ciencia ficción y terror. Lleva más de veinte años dedicado a la comunicación.

“El llanto del niño inundó la noche, y el grito que lo acompañó desgarró a esta, como el siseo de la hoja mellada de acero que había cercenado su garganta, bañándola de un fluido cálido y negro. El gorgoteo que manó de su boca fue aún peor que el chillido, y aun así, nadie en el edificio escuchó nada.”    Ivan Mourin. “¿Quién duerme bajo tu cama?

Así comienza Legendarium, una antología de relatos basados en leyendas españolas que pretende alimentar el imaginario popular patrio con historias fabulosas cargadas de misterio. A diferencia de las auténticas leyendas, estas no pretenden explicar nada ni están al servicio de las creencias de la sociedad, sino que tienen un fin meramente recreativo. En este primer volumen nos adentramos en el mundo imaginario, o no, de asesinos y sacamantecas tiznados de apariciones fantasmagóricas magníficamente narradas por sus diferentes autores: Iván Mourin, David Jasso, Ángel Villán, Pedro L. López, Nuria C. Botey, Tony Jiménez y Anna Morgana Alabau.

Todos logran entretener, perturbar y divertir al lector con estas nuevas mentiras literarias que recuperan el origen etimológico de la palabra leyenda “obras para ser leídas”.

Si os apetece comentar la obra por twitter, podéis hacerlo con el hastag: #legendarium

Y en cuanto a los presentes (futuros) proyectos, sigo escribiendo y avanzando en mi novela de género Steampunk, participando en otras antologías que, esperemos, verán pronto la luz y elaborando un guión para una serie de televisión que presentaré, si todo va sobre ruedas, a finales de verano a la BBC. Ya sabéis: a quien no se arriesga, le acaba estallando la cabeza por exceso de ideas no expresadas, así que ¡a trabajar!

11.16.2011

Novedades

El segundo volúmen de las Crónicas de la Marca del Este, antología basada en el juego de rol Aventuras en la Marca del Este, y en el cual puede encontrarse mi relato La Marca del Bastardo, entre muchas excelentes narraciones, puede adquirirse ya en librerías y a través de la web de la editorial, Holocubierta Ediciones.

Mientras tanto, en un mundo paralelo de misterio, asesinatos e intrigas, Rogers y Mrs Watson siguen haciéndose cargo de problemas y proporcionando sujetos a aquellos que lo necesiten, en su primera serie de aventuras: Rogers & Mrs Watson. Servicios útiles. Y en otro mundo aún, quizás más lejano, quizás más próximo, donde las máquinas van a vapor y los vampiros están en guerra con los hijos de los Hombres, Victoria y sus hijos luchan por perdurar o autodestruirse en las intrincadas intrigas que se desarrollan entre los llamados Hijos del Vapor.

5.11.2011

De manos

Acabo de encontrarme, en una de esas carpetas olvidadas del ordenador, una serie de micros inspirados por fotos, que realicé en el curso de narrativa. Se trataba de contar un todo a partir de una parte, en este caso, la mano. Os dejo con una selección de ellos, mientras sigo con zombies y terror diverso ^^

Fui a muchísimos colegios cuando era un niño. Supongo que de ahí viene mi desarraigo. Pero, fuera donde fuera, siempre había algo que no podía soportar y eran aquellas maestreas, no todas, sino las jóvenes, guapas, vestidas de marca, con maridos igual de jóvenes y con trabajos de títulos rimbombantes, que sólo eran profesoras para no decir que eran amas de casa. Aquellas mujeres, que no sentían ninguna pasión por la enseñanza, que se levantaban dos horas antes de ir al trabajo, no para corregir exámenes de los alumnos (en el margen de los cuales siempre ponían caritas de humor acorde con la nota), sino para pintarse y maquillarse, para reconstruirse una cara que no tendría que haber necesitado reconstrucción.

Las odiaba. Las odio. No hay nada que pueda hacer al respecto.

Lo que más detestaba de ellas, sin embargo, eran sus manos. Aquellas manos suaves y delicadas, prueba fehaciente de que, para ellas, el trabajo era algo que sucedía a los demás. Aquellas uñas, a veces postizas, a veces naturales, pero siempre demasiado largas y bien limadas, siempre decoradas con toda clase de motivos o lacadas de colores que debieran de haberse abolido, siempre demasiado cercanas. Odiaba el roce de aquellas extensiones espantosas, el ruido que hacían al repicar en la mesa cuando esperaban a que acabáramos la tarea o el examen, el chirrido horripilante que proferían al deslizarse por la superficie de la pizarra cuando estaban enfadadas.

Aquel tipo de maestras fueron siempre mi pesadilla, la razón de mi desilusión hacia la vida y hacia la enseñanza. Aquellas manos de uñas imposibles, repugnantes y anormales me martirizaron en sueños y en vela durante todos los años de mi niñez.

Supongo que es por eso que ahora, después de acabar con ellas, conservo esa parte de su cuerpo para mi colección.

Marcos y Núria se conocieron en terapia. No se parecían en nada, salvo en el severo trastorno que les había llevado hasta allí.

Núria era una chica mona, un poco pija, de buena familia y bastante estudiosa. No le gustaba ningún tipo de música en especial, ni ningún tipo de cine en especial, ni ningún tipo de libro en especial, por mucho que saliera de fiesta, fuese al cine o leyera en casa. Simplemente, se dejaba llevar por lo que elegía la mayoría. Y era completamente feliz con ello. Marcos, en cambio, era un espíritu libre, un freak, como solían llamar a este tipo de chicos las amigas de ella. Iba tatuado de pies a cabeza, llevaba ropa pasada de moda, o a la que la moda jamás había considerado, tenía gustos muy específicos en cuanto a todas las artes y no toleraba que nadie le dijera qué debía hacer ni cómo debía comportarse.

Lo suyo no podía funcionar de ninguna manera, ni en este universo ni en cualquiera de los otros ocho universos alternativos que Marcos sabía que existían y que Núria negaba con las cejas arqueadas. Sin embargo, sólo ellos dos podían comprender el asco que sentía el otro ante la idea de tocar su propia ropa sucia o por qué se lavaba las manos hasta que se le despellejaban. Y eso, en aquél momento de sus vidas, era lo que importaba.


José no sabía lo que era; de hecho, jamás hubiera llegado a la conclusión, él sólo, de lo significaba en realidad. Por suerte, el padre Victorio era un alma buena y caritativa, y le estaba ayudando.

Él decía que era una bendición, una señal de la grandeza de Dios, un auténtico milagro. José, como siempre, no sabía encontrar las palabras. Le decía al padre que, a veces, era como si la mano no le obedeciera, como si actuara por su propia voluntad. Entonces el padre Victorio le cogía por el hombro y le llamaba hijo y le decía que, si no tenía voluntad sobre su mano, era porque ésta estaba dominada por un poder superior.

¡Pero cuidado! Porque el diablo, el gran enemigo, el perfecto embaucador, Satanás, estaba siempre al acecho y podía aprovecharse de su débil voluntad. Por eso el padre Victorio consideraba una bendición el haber sido el primero en tener noticia de esa circunstancia, pues él y sólo él podía guiarle por el camino de la verdad y hacer que su mano, que no le obedecía, sirviera a los propósitos de Dios.

José iba a dejar de torturar a animales en el bosque y se encargaría de la voluntad del señor, que convenientemente descifraría el padre Victorio. De los cuerpos, también iba a encargarse él.

5.05.2010

SER

He aquí un pequeño cuento, el primero después de mi recuperación (hehe), directamente inspirado por uno de los libros que leí últimamente (ver tag, que sino es Spoiler ^^). Espero que os guste.

Título: Ser
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 1154
Género: misterio, terror (muy light), romántico (pero romántico de Bécquer, para entendernos)
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

SER


Fuera hace frío y me pregunto qué hago aquí. Apenas puedo recordar el calor del sol en mi piel o el verdadero color de las cosas. Me despierto cada noche aullando de dolor en mi cama dura y helada, escondida del mundo a la vez como siempre y como nunca. Y lo único en lo que puedo pensar es en el hambre que me consume.

Nunca fui una persona alegre, ni siquiera sé si fui feliz. Supongo que sí, a veces, a mi manera. Siempre tuve la sensación de que, cuanta más gente me rodeaba, más sola me sentía. Pensaba que un día perdería la razón, que enloquecería irremediable e irreversiblemente y, a decir verdad, no me importaba si la recompensa por ello era cierta dosis de genialidad. Nunca pensé que la locura llegaría antes que la recompensa, ni que mi vida acabaría antes de empezar.

Mi infancia no fue nada del otro mundo: jugaba en la calle, iba a la escuela, tenía amigos, mis padres me querían… Ni siquiera tuve una adolescencia remarcablemente traumática. Mi único problema era la mediocridad. Odiaba la idea de no destacar en nada, de tener una vida estándar como todos los demás. Y me aterrorizaba conformarme con ello. Envidiaba en secreto los delirios de Van Gogh, la soledad de Lovecraft, la sociopatía de Nietzsche, porque, creía entonces, que era lo que les había dado su visión genial del mundo y de la vida, su salida de la mediocridad. Y ese era mu sueño.

Ahora ya no duermo; no hay imágenes que vengan a mí cuando cierro los ojos ni anhelos en mi mente que no pueda alcanzar. He salido de la mediocridad, me he convertido en uno de los seres más fantásticos que pueblan la tierra, pero no soy feliz.

Recuerdo que siempre detesté las cosas fáciles de la vida: levantarme cada mañana, ducharme, desayunar, ir al trabajo… Los retos, en cambio, me fascinaban y me llenaban de vida. En cuanto pude salir de casa, vagué por el mundo con una mano delante y otra detrás, con la mochila al hombro y sin ningún propósito claro a parte de huir del tedio y el hastío de una rutina insatisfactoria con la que casi todo el mundo parecía conforme; una vida sin emoción. Cada vez que me cansaba de un sitio, pagaba al casero un mes más por las molestias, recogía mis bártulos y me marchaba ese mismo día a otra ciudad, otro país, a donde fuera. Hasta que encontré el amor, y él me llevó a otro mundo, me encadenó a él y tiró las llaves.

Nunca he necesitado huir tanto como ahora, pero ya no puedo hacerlo.

Era primavera. Sé que a alguna gente le gusta. A mí no me acababa de sentar del todo bien: tenía cambios de humor, sufría resfriados que nunca se curaban del todo, me sacudían horribles ataques de alergia, se me mojaba la ropa en el tendedero y nunca sabía qué ponerme para salir a la calle.

Tenía uno de esos días en los que crees que todo es una mierda, que nada te sale bien y que el pozo es tan profundo como tus ganas de salir de él, pero no hay escalera por la que subir, ni cuerda por la que trepar, y el exterior parece cada vez más oscuro y lejano. Así que, como de costumbre, me preparé la comida, me pinté los labios, clavé en mi cara la sonrisa de pega y me fui a trabajar. Cuando acabó mi turno, a ciudad estaba a oscuras. El día había acabado, pero eso no consiguió animarme.

- No hay razón – dijo de repente un voz tras de mí en la calle desierta mientras volvía andando a casa – para estar tan triste.

Me volví despacio, la llave de mi apartamento sujeta como un pincho entre el índice y el corazón, mi corazón en la garganta, latiendo enloquecidamente. Él sonrió, se quitó el sombrero y unos mechones de pelo oscuro y brillante se deslizaron sobre su rostro cuando inclinó la cabeza para saludarme. Había un brillo extraño en sus ojos, y mi mundo se detuvo un instante en su sonrisa.

- No estoy triste – balbuceé, pero la mentira se rió de mis palabras.

Él se acercó a mí y me tendió la mano pronunciando su nombre en un susurro. Sus ojos, ni verdes ni azules, ni grises ni negros, ni brillantes ni apagados, se clavaron en los míos y sentí el rubor invadir cada centímetro de mi rostro. Solté su mano fría como si me hubiera electrocutado y le espeté las buenas noches mientras echaba a andar de nuevo con paso marcial hacia mi casa.

No volví a verle hasta al cabo de una semana, pero entonces ya me había enamorado de él. Su dulzura me parecía encantadora; su encanto, de otro mundo, y todo su ser parecía arrancarme de las fauces de la tristeza y la mediocridad en la que me había sumido.

Recorrí por un tiempo el mundo a su lado, disfrutando de las horas, los minutos, los segundos que pasábamos juntos. Íbamos a fiestas, a conciertos, conocíamos a gente famosa o interesante y, a menudo, ambas cosas. Él se había convertido en mi locura genial, en mi pasaporte al mundo fantástico con el que siempre había soñado y, un día, se dio cuenta de ello.

El sol se había puesto tras las almenas del hotel que un día fue un magnífico castillo y él apareció de repente, con calma, como surgido de un sueño a duras penas recordado. Le ofrecí vino, como siempre, y como siempre lo rechazó. Me sonrió y me dijo que aquella noche iba a ser eterna. Y no mintió.

Su beso fue cálido al principio, luego doloroso, húmedo, aterrador y apasionado, frío, triste, melancólico, culpable, desesperado, vencido. El despertar fue aún más terrible. El dolor me recorrió como un latigazo. El aire me quemaba por dentro a cada bocanada y la luz de la luna cegaba mis ojos, que sólo podían ver blancos, negros y rojos en la campiña que se extendía bajo el balcón de nuestra habitación. Él me abrazó y murmuró una disculpa y una advertencia y me abandonó a mi suerte, como a todos sus hijos.

Desde aquella noche, mi noche eterna, no he vuelto a ver la luz del sol, ni el color de la hierba ni el del mar ni el de la tierra. El mundo es frío y desolador y nada en mi existencia tiene sentido. Nada, salvo la sed me que despierta cada noche, que me enloquece y me obsesiona y me impide dejar de ser, dejar de alimentarme, dejar de existir como uno de sus vástagos, propagando su estirpe y su enfermedad allí por donde vaya; llevando conmigo la muerte y la desdicha que son el nombre de su ser, de su casa, de su familia: de los hijos y las hijas de Vladislaus Drácula.