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7.27.2011

Un montón de demonios internos

A falta de poder colgar cuentos extensos (últimamente los ejercicios son hiperbreves, y los cuentos largos los escribo para convocatorias, colaboraciones y antologías varias), vuelvo a la carga con algunos microrrelatos. Puesto que esta vez me ha salido lo que mis amigos gustan en llamar "mi podredumbre interna", voy a colgar aquí un par no muy chungos. El resto los podéis ver en este enlace: morgana-of-avallon.deviantart.

La carga

Nos sentamos en silencio. Alzamos las manos con las palmas hacia afuera y esperamos respeto y comprensión.

Pero la bestia siempre muerde la mano que la alimenta.

Preciosa

Jamás había visto nada igual. Su belleza no podía compararse a la de nadie a quien hubiese visto en toda su vida. Sus ojos eran grandes, brillantes, de un color imposible y miraban el mundo con una curiosidad casi infantil. Su nariz se arrugaba cuando hacía ruiditos que se me antojaban de lo más graciosos, y sus labios finos y claros se curvaban en una sonrisa perenne y serena, que me transportaba a lugares de una paz inquebrantable.

Era tan sumamente hermosa que costaba creer que no fuese humana.

Milagro

Bajó del cielo entre una aureola de luz blanca. El aire se arremolinaba a su alrededor con armonía, casi con calma. Todo el mundo salió a la calle a contemplarlo, embelesados por la forma etérea que aterrizaba grácilmente sobre el agua.

Cuando los seres salieron de la nave y empezaron a disparar, ya era demasiado tarde para hacer nada.

4.10.2011

La chispa en el genio

He aquí un hiperbreve que me ha asaltado mientras repasaba las notas de la biografía de Nikola Tesla que leí en la wikipedia. Hace un tiempo que este señor no deja de aparecérseme por doquier, así que he decidido que es el momento de saber un poco más de su vida y milagros y, a decir verdad, cuanto más leo más me fascina. Así que, de su vida a mi imaginación, un microrrelato acabado de salir de la pluma:

La chispa en el genio

Todo en orden, todo colocado, todo a punto para empezar. Años de estudio; no en las aulas ni en los laboratorios, sino entre las paredes de la propia mente, donde se encuentran las máquinas que ya sólo debe seguir construyendo.
Y en cuanto baje la palanca, en cuanto las ponga en marcha y los tentáculos de su ingenio se transformen en la corriente de la vida, impactando y removiendo infiernos y firmamento, entonces sabrá por fin que la energía de la creación no puede morir jamás.

1.20.2011

Hiperbreves II

Más hiperbreves y un anuncio: hace un tiempo presenté una novela de Ciencia Ficción a un concurso organizado por Playstation y una editorial. Desafortunadamente, no gané (de lo contrario sería un poco más "millonetis" y todos jugaríais al juego de mi libro XD). La cuestión era que la novela necesitaba una revisión y reescritura profundas. Como es normal en mí, me desanimé y lo dejé de lado, pero este Fin de Año, mi beta y amiga María me buscó las cosquillas y, una vez encontradas, he decidido darle ese repaso que tanto necesita e intentar publicarla. Como es lógico, no podré poner nada aquí, pero hacerlo público es una de las maneras que tengo de obligarme a seguirlo y no dejarlo colgado.
Dicho esto, os dejo con los hiperbreves que he escrito durante las dos últimas semanas (esta dudo que escriba nada, con los exámenes a la vuelta de la esquina!). ¡Hasta pronto!

HIPERBREVES II

Por no callarse

Dice la leyenda que cayó sobre ella una maldición: cada vez que abriera la boca para el elogio, la envidia y la ponzoña que la habían consumido antaño caerían sobre el objeto de su deseo, destruyéndolo para siempre.

Esta es la razón, después de años de deliberar en silencio, por la que la princesa decidió hacer muy feliz al hombre más feo, ignorante y villano del reino.

Lo Lo que nos hace hombres

¿ Qué es lo que diferencia a mi especie de la tuya? – preguntó un sabio a su perro sin ninguna voluntad retórica.

El animal agitó el rabo alegremente e inclinó la cabeza como si le estuviera entendiendo. Tras él, el fuego consumía la leña en el hogar.

Vocación

Cogía la pluma y no podía parar; encendía el ordenador y no había descanso para sus manos; hojeaba libros de consulta y diccionarios, y su cerebro jamás descansaba. Escribía, corregía, reescribía y repasaba. Mecanografiaba, imprimía, encuadernaba, ensobraba y enviaba. ¿Y luego? Luego volvía a coger la pluma, el ordenador y los libros de consulta; a escribir, a teclear y a leer; a mecanografiar, a imprimir y a mandar por correo lo que había escrito. No paraba ni para comer y siempre tenía qué leer en el baño.

Así que, cuando le preguntaron a su marido de qué había muerto la célebre autora, dijo que “de publicar”.

Prosperidad

Quería hacer algo grande con su vida, algo por lo que su nombre jamás muriera y su persona fuese eternamente recordada.

Hojeaba los libros de historia sin mirarlos, con la eterna convicción de que Julio César, Juana de Arco o Iván el Terrible lo habían tenido inmensamente más fácil. Él no tenía el tamaño del cerebelo de Einstein, ni el del bolsillo de Edison o el tiempo libre de Mary Shelley, pero quería que su nombre figurase, como los de aquellos, en la memoria de la humanidad.

De modo que un día, sin pensarlo más, decidió que sería el hombre que voló el Parlamento.

No pegar ojo

Érase una vez un inventor que no dormía, pues pensaba que la inspiración podía cogerle en sueños, y él nunca los recordaba.

Sin embargo, de puro agotamiento, jamás se le ocurrió inventar nada para grabarlos.

Abandono

- - Te dejo – le dijo ella con lágrimas en los ojos. Se había llevado todas sus cosas días atrás, pero había vuelto para despedirse -. Tienes que entenderlo – vaciló su voz mientras apartaba la mirada -. Ya no me siento segura contigo y ahora… -suspiró y se tocó afectuosamente la barriga –. Ahora tengo que mirar por dos.

Se hizo un tenso silencio mientras un hombre trajeado les miraba con cierto descaro.

- Gracias por todo – dijo ella al fin, se besó la palma de la mano y la apoyó en el capó antes de marcharse del concesionario.

Entre algodones

Se mecía como las hojas de un árbol al compás de la brisa de un día de verano, aunque no acabase de visualizar del todo aquella escena, pero le gustaba. Le gustaba casi tanto como el olor a anís y espliego que le llenaba los sentidos, como los tímidos rayos del sol, que le calentaban sin molestarle.

El vaivén del transporte era agradable, plácido, tranquilizador. Seguramente el paisaje que se veía por la ventanilla era algo idílico, pero el cansancio le vencía y se sentía tan a gusto y relajado, que acabó durmiéndose al volante.

Vida social

“No tengo tiempo de acabar el trabajo, ¡tengo demasiado que hacer!” le había dicho a su compañera de laboratorio por Facebook, justo antes de twittear una versión más corta y actualizar otra, considerablemente más larga, en su blog, myspace y livejournal. Luego se había hecho un té, estresado por aquel montón de trabajo, había hablado con varios conocidos por el Messenger, subido fotos al Fotolog, Tumblr y Picassa, un par de dibujos a Flickr y Deviantart, posteado en cuatro o cinco foros y comunidades, y comido cantidades ingentes de tortitas de arroz.

A las 3:36 de la madrugada colgaba su mensaje de buenas noches en Buzz, Facebook y Twitter y se acostaba, pensando en el montón de gente que, ojalá, siguiera interesada en su vida mañana.


1.13.2011

Hiperbreves I

Sí, llevo muchos días sin escribir nada (aquí): demasiado en la cabeza, y fuera de ella. Lo que sí intento hacer es escribir, al menos, un hiperbreve o microrrelato cada día, antes de acostarme. De manera que, a falta de una historieta que poner (lo último que he escrito me lo reservo para la novela / whatever steampunk que estoy intentando escribir, con penas y esfuerzos ^^), os dejo con unos cuantos hiperbreves de los míos... ¡Que aprovechen!

Nota: estos relatos son propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y están protegidos legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarlos o los has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

El prestidigitador

- V - Voy a hacer algo que no ha visto nunca nadie – dijo el prestidigitador a su audiencia.

- - - - ¿Y qué puede ser eso? – le increpó el que fuera el borracho del pueblo desde la grada.

Cuando el prestidigitador movió los dedos en silencio, en una fracción de segundo, a Jeremías se le quitaron las ganas de beber de por vida.

Nevada

La nieve caía y se pegaba a los cristales, a los techos y al suelo. Dentro de la casa se estaba bien; dentro de ambas. Fuera, en el mundo, hacía el mismo frío que en el interior de la bola de cristal.

El oportunista

Martino no era un estafador ni un farsante ni un ladrón, ni de guante blanco ni de mano desnuda. No era un mentiroso ni un tramposo ni un falsificador ni un timador, de poca o mucha monta, ni un tunante ni un mafioso… y desde luego no era ningún caco.

¿Qué culpa tenía él de saber aprovechar las oportunidades que le brindaba la vida sin preocuparse por desmentir la idea que se hacían, tan libre como erróneamente, de él los demás?

Consciencia

La llevo en mi maleta, vaya donde vaya. Siempre es parte de mi equipaje. Se queda ahí, junto al ordenador, entre los papeles revueltos, los libros y los post-it pegados a ellos, y me mira con reprobación cada vez que abro el maletín. Me mira frunciendo el ceño, chascando la lengua, gritándome en silencio que da igual que esconda en la maleta mi consciencia: un escritor no debería cometer los crímenes de los que vive; un asesino no debería escribirlos.

La pasajera

Se subió al tren sin mirar atrás, eligió asiento y acomodó su maleta de mano en el compartimento superior del vagón; todo sin perder de vista ni un segundo su pequeño bolso floreado. Se quitó el sombrero y el abrigo y los colocó con gracia en el asiento contiguo. Luego se sentó, dejando reposar el diminuto bolso sobre sus estilizadas piernas. Sintió una punzada de remordimiento cuando Roberto apareció corriendo por el andén, con el pelo revuelto, las mejillas sonrojadas y el corazón desbocado. Pero saber que, dentro de la tela estampada de su bolsito, se encontraban los beneficios del timo que con tanto esfuerzo habían llevado a cabo era lo suficientemente reconfortante como para olvidar al amante defraudado, que seguía de pie en el andén de la estación, mientras el tren avanzaba hacia su nuevo y prometedor futuro.