5.05.2010

SER

He aquí un pequeño cuento, el primero después de mi recuperación (hehe), directamente inspirado por uno de los libros que leí últimamente (ver tag, que sino es Spoiler ^^). Espero que os guste.

Título: Ser
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 1154
Género: misterio, terror (muy light), romántico (pero romántico de Bécquer, para entendernos)
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

SER


Fuera hace frío y me pregunto qué hago aquí. Apenas puedo recordar el calor del sol en mi piel o el verdadero color de las cosas. Me despierto cada noche aullando de dolor en mi cama dura y helada, escondida del mundo a la vez como siempre y como nunca. Y lo único en lo que puedo pensar es en el hambre que me consume.

Nunca fui una persona alegre, ni siquiera sé si fui feliz. Supongo que sí, a veces, a mi manera. Siempre tuve la sensación de que, cuanta más gente me rodeaba, más sola me sentía. Pensaba que un día perdería la razón, que enloquecería irremediable e irreversiblemente y, a decir verdad, no me importaba si la recompensa por ello era cierta dosis de genialidad. Nunca pensé que la locura llegaría antes que la recompensa, ni que mi vida acabaría antes de empezar.

Mi infancia no fue nada del otro mundo: jugaba en la calle, iba a la escuela, tenía amigos, mis padres me querían… Ni siquiera tuve una adolescencia remarcablemente traumática. Mi único problema era la mediocridad. Odiaba la idea de no destacar en nada, de tener una vida estándar como todos los demás. Y me aterrorizaba conformarme con ello. Envidiaba en secreto los delirios de Van Gogh, la soledad de Lovecraft, la sociopatía de Nietzsche, porque, creía entonces, que era lo que les había dado su visión genial del mundo y de la vida, su salida de la mediocridad. Y ese era mu sueño.

Ahora ya no duermo; no hay imágenes que vengan a mí cuando cierro los ojos ni anhelos en mi mente que no pueda alcanzar. He salido de la mediocridad, me he convertido en uno de los seres más fantásticos que pueblan la tierra, pero no soy feliz.

Recuerdo que siempre detesté las cosas fáciles de la vida: levantarme cada mañana, ducharme, desayunar, ir al trabajo… Los retos, en cambio, me fascinaban y me llenaban de vida. En cuanto pude salir de casa, vagué por el mundo con una mano delante y otra detrás, con la mochila al hombro y sin ningún propósito claro a parte de huir del tedio y el hastío de una rutina insatisfactoria con la que casi todo el mundo parecía conforme; una vida sin emoción. Cada vez que me cansaba de un sitio, pagaba al casero un mes más por las molestias, recogía mis bártulos y me marchaba ese mismo día a otra ciudad, otro país, a donde fuera. Hasta que encontré el amor, y él me llevó a otro mundo, me encadenó a él y tiró las llaves.

Nunca he necesitado huir tanto como ahora, pero ya no puedo hacerlo.

Era primavera. Sé que a alguna gente le gusta. A mí no me acababa de sentar del todo bien: tenía cambios de humor, sufría resfriados que nunca se curaban del todo, me sacudían horribles ataques de alergia, se me mojaba la ropa en el tendedero y nunca sabía qué ponerme para salir a la calle.

Tenía uno de esos días en los que crees que todo es una mierda, que nada te sale bien y que el pozo es tan profundo como tus ganas de salir de él, pero no hay escalera por la que subir, ni cuerda por la que trepar, y el exterior parece cada vez más oscuro y lejano. Así que, como de costumbre, me preparé la comida, me pinté los labios, clavé en mi cara la sonrisa de pega y me fui a trabajar. Cuando acabó mi turno, a ciudad estaba a oscuras. El día había acabado, pero eso no consiguió animarme.

- No hay razón – dijo de repente un voz tras de mí en la calle desierta mientras volvía andando a casa – para estar tan triste.

Me volví despacio, la llave de mi apartamento sujeta como un pincho entre el índice y el corazón, mi corazón en la garganta, latiendo enloquecidamente. Él sonrió, se quitó el sombrero y unos mechones de pelo oscuro y brillante se deslizaron sobre su rostro cuando inclinó la cabeza para saludarme. Había un brillo extraño en sus ojos, y mi mundo se detuvo un instante en su sonrisa.

- No estoy triste – balbuceé, pero la mentira se rió de mis palabras.

Él se acercó a mí y me tendió la mano pronunciando su nombre en un susurro. Sus ojos, ni verdes ni azules, ni grises ni negros, ni brillantes ni apagados, se clavaron en los míos y sentí el rubor invadir cada centímetro de mi rostro. Solté su mano fría como si me hubiera electrocutado y le espeté las buenas noches mientras echaba a andar de nuevo con paso marcial hacia mi casa.

No volví a verle hasta al cabo de una semana, pero entonces ya me había enamorado de él. Su dulzura me parecía encantadora; su encanto, de otro mundo, y todo su ser parecía arrancarme de las fauces de la tristeza y la mediocridad en la que me había sumido.

Recorrí por un tiempo el mundo a su lado, disfrutando de las horas, los minutos, los segundos que pasábamos juntos. Íbamos a fiestas, a conciertos, conocíamos a gente famosa o interesante y, a menudo, ambas cosas. Él se había convertido en mi locura genial, en mi pasaporte al mundo fantástico con el que siempre había soñado y, un día, se dio cuenta de ello.

El sol se había puesto tras las almenas del hotel que un día fue un magnífico castillo y él apareció de repente, con calma, como surgido de un sueño a duras penas recordado. Le ofrecí vino, como siempre, y como siempre lo rechazó. Me sonrió y me dijo que aquella noche iba a ser eterna. Y no mintió.

Su beso fue cálido al principio, luego doloroso, húmedo, aterrador y apasionado, frío, triste, melancólico, culpable, desesperado, vencido. El despertar fue aún más terrible. El dolor me recorrió como un latigazo. El aire me quemaba por dentro a cada bocanada y la luz de la luna cegaba mis ojos, que sólo podían ver blancos, negros y rojos en la campiña que se extendía bajo el balcón de nuestra habitación. Él me abrazó y murmuró una disculpa y una advertencia y me abandonó a mi suerte, como a todos sus hijos.

Desde aquella noche, mi noche eterna, no he vuelto a ver la luz del sol, ni el color de la hierba ni el del mar ni el de la tierra. El mundo es frío y desolador y nada en mi existencia tiene sentido. Nada, salvo la sed me que despierta cada noche, que me enloquece y me obsesiona y me impide dejar de ser, dejar de alimentarme, dejar de existir como uno de sus vástagos, propagando su estirpe y su enfermedad allí por donde vaya; llevando conmigo la muerte y la desdicha que son el nombre de su ser, de su casa, de su familia: de los hijos y las hijas de Vladislaus Drácula.

1.25.2010

Lirio y la dama blanca

He aquí un pequeño cuento de escritura automática, es decir, coger la página y empezar a escribir sin ideas ni palabras ni imágenes premeditadas ni pensadas con anterioridad.

Seguramente se podrían decir muchas cosas del cuento, pero espero por mi bien que nadie me psicoanalize a través de él XDD

Título: Lirio y la dama blanca
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: pues no lo sé, porque he empezado a escribir directamente en el post ^^
Género: drama? nose
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

Lirio y la dama blanca

- ¿Qué haces, Lirio? - preguntó cansado el profesor.

- Espero a la dama blanca - respondió él con tristeza.

El profesor le miró con tristeza en los ojos y sus lágrimas contenidas se unieron a las del infante, sentado a la orilla del mar lavanda. Un suspiro escapó de sus labios, tan breve como la vida de Lirio, y con gesto agotado se volvió a su despacho.

- ¿Qué haces, Lirio? - preguntó la enfermera un rato después.

- Espero a la dama blanca - respondió Lirio de nuevo. Sus piernas inmaculadas danzaban en el aire, suspendidas de su cuerpo sobre la repisa del muro que encerclaba el edificio, la orilla del mar lavanda que arremetía sus olas contra los bloques de piedra bajo sus pies.

La enfermera meneó la cabeza con tristeza, planteándose si acariciarle el pelo rubio y brillante como señal de cariño. Pero lo desestimó y se alejó hasta el patio interior donde los naranjos ya empezaban a dar sus frutos rojizos.

Lirio seguía mirando hacia el mar, a sus olas lavanda que se mecían como una madre mece a un bebé en la cuna, al aire anaranjado que movía las nubes violeta en su cielo claro de verano, danzando con sus piernas suspendidas del alto muro.

- ¿Qué haces, Lirio? - preguntó otra de las enfermeras.

- Espero a la dama blanca - contestó sin siquiera pestañear.

- ¿Quién es la dama blanca, cielo? - volvió a preguntar ella, que jamás se había percatado del niño rubio que, día tras día, miraba al mar desde el alto muro que protegía el edificio.

- La dama blanca es mi mamá - respondió él sin apartar un segundo la vista del mar.

La enfermera abrió la boca para hacer otra pregunta, pero algo la calló. Se dio la vuelta, repentinamente asustada, y corrió hacia una de sus compañeras, que atendía a otros enfermos en el patio de los naranjos.

- Lisabel - la llamó -. Lisabel ¿puedes ver a Lirio, sentado en el muro mirando al mar? - preguntó aterrorizada.

Lisabel la miró con tristeza, miró al muro y otra vez, con cierto alivio en el cuerpo, de nuevo a su compañera.

- Lo siento Linda, de veras que lo siento.

La enfermera corrió entonces, presa del pánico hasta el despacho del profesor, pero alguien la detuvo antes de que entrara.

- Él también le ha visto - le dijo otra de sus compañeras, que la mantenía asida por el brazo. Linda sintió que las lágrimas empezaban a resbalarle mejillas abajo y que una pena inmensa invadía todo su ser -. No llores Linda, querida, no es tan malo como parece.

- Pero vamos a... vamos a... - balbuceaba la enfermera, incapaz de pronunciarlo.

- Sí. El profesor le vio ayer, yo, hace una semana - explicó Millie -. Ahora que somos tres, la dama blanca puede cruzar el mar lavanda y pasar una noche con su hijo. El precio, somos nosotros.

- Pero yo no quiero... no puedo... - balbuceó otra vez, llorando con todo su sentimiento.

- Mírale, Linda - dijo Millie con dulzura -. Mira a Lirio y dime si la muerte no es un precio muy bajo para que este niño pueda dormir en los brazos de su madre otra vez.

Las lágrimas cegaban los ojos de Linda, la rabia, la injusticia, el miedo no le dejaban ver. Millie pasó su manga por los ojos de ella y Linda observó un momento a Lirio, sentado en el alto muro de cara al mar lavanda, sonriendo con tristeza mientras sus piernecitas danzaban al aire del verano. Le miró y sintió lástima, amor, ternura. Luego miró a su compañera con la mirada triste que ahora los tres compartían y respondió:

- Sí, lo es.

12.10.2009

Apariencia

Historia un poco cínica, la que me ha salido, en un ejercicio de lanzarme a escribir sin plantearme personajes, historia, ni nada de nada a excecpción de el nombre de una calle.

La verdad, todo hay que decirlo, es que llevo unos días poco inspirada y, aunque he escrito cosas que han valido la pena (y que guardo como oro en paño), las Navidades no son mi época más prolífica (será por todo este ambiente desagradable de compra compulsiva y nerviosismo generalizado XDD). Seguramente, ahora que lo pienso, tenga ésto algo que ver con el tono del relato que sigue.

Vosotros juzgáis o no, aunque siempre es grato saber que leéis ^^

Título: Apariencia
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 914
Género: narración
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

La calle Brahms era un sitio que sorprendía a los sentidos. Y no hablo de sorpresa en su acepción más agradable, como la sorpresa de amanecer antes que el sol, ir a la cocina a por un vaso de agua y encontrar el comedor inundado de regalos. No. Lo sorprendente de la calle Brahms, lo que la definía y la definirá hasta el fin de los tiempos, es que era la imagen, el olor, el tacto, el sabor y el sonido de la más absoluta repugnancia.

Alargada y serpenteante, la calle se adentraba y cruzaba de punta a punta el barrio más peligroso, sucio y miserable de cuantos hubiere en la ciudad. Sus adoquines resquebrajados y tambaleantes propagaban el eco de los pasos de traficantes y prostitutas, y precipitaban al suelo a vagabundos y transeúntes, que manchaban sus negras losas con la sangre y el vino de sus bocas. Las aceras imperceptibles acogían los vehículos de toda clase de maleantes, que se detenían en plena calle a cualquier hora del día o de la noche para llevar a cabo robos, asesinatos, violaciones y toda suerte de fechorías.

Los disparos, gritos, insultos, improperios, golpes, bocinazos y el sonido de cristaleras desplomándose contra los suelos hechas añicos componían la banda sonora que acompañaba la vida en la calle Brahms. El olor que la distinguía mezclaba sangre, sudor, vino y orina.

Ése era el barrio, la calle y el hogar en el que vivía y trabajaba la dulce Meribet. Su nombre, sacado de un culebrón televisivo por su madre y aceptado a regañadientes por un padre que en su casa jamás tendría voz ni voto, le había acabado proporcionando grandes beneficios en su profesión, pues todos sus clientes asumían que se trataba de un seudónimo y ninguno jamás conseguía sonsacarle su nombre real.

Meribet se paseaba por la calle Brahms, arriba y abajo todo el día, buscando clientes que le dieran, a cambio de una mano experta, el dinero suficiente como para comer, pagar un techo y alimentar a su hijo. La mayoría eran malhechores, por supuesto, venidos de todas partes de la ciudad. Deseaban un alivio de sus penas, sino la absolución ficticia de sus pecados que podía proporcionarles el oficio de la dama. Y ella era realmente buena en eso.

Había otras, por supuesto, que competían con sus habilidades por los clientes. Pero Meribet tenía un arte, un saber hacer, que les faltaba a la mayoría de ellas y a gran parte de ellos. El oficio era difícil, a pesar de todo, pues los hombres solían ser duros competidores y más de un mes y de dos, Meribet había tenido que ofrecer otra clase de servicios además de los que le eran propios para conseguir el dinero suficiente para seguir adelante.

El lugar de trabajo de Meribet era su propia casa, a penas treinta metros cuadrados de piso en un bloque de edificios que se perdía en el cielo, tapando el sol de la vista de cualquier transeúnte de la calle Brahms. Una habitación mugrienta y mal iluminada le servía como lugar de reuniones donde llevar a cabo el intercambio con sus clientes. Desgraciadamente, no le proporcionaba la intimidad suficiente como para no oír la televisión que Marcos, harto de las constantes idas y venidas de su madre con todo aquél elenco de tiparracos a su casa, se empeñaba en subir de volumen cada cinco minutos.

Las visitas solían ser cortas aunque constantes. Había clientes que llevaban acudiendo a casa de Meribet más de diez años, incluso antes de que Marcos hubiera nacido. Él no sabía quién era su padre, como tampoco lo sabía Meribet o, almenos, eso decía ella. Marcos tenía la extraña sospecha y el sueño de que su madre sí lo sabía, y de que su progenitor era un hombre de bien, alguien que había caído por error en las garras de su madre y su pérfido negocio y que había sabido huir a tiempo, alguien que vivía muy lejos de la calle Brahms y toda su inmundicia y que un día iría a buscarle y se lo llevaría a un lugar mejor.

Marcos solía soñar despierto, con la televisión a todo volumen mientras su madre atendía a algún cliente o a dos o tres a la vez en su sala de reuniones, acerca de ese lugar mejor. Soñaba con edificios altos, pero no tanto como para tapar la luz del sol y el azul del cielo. Soñaba con una casa grande, bonita, soleada, bien decorada, con las paredes pintadas de blanco o azul en vez de empapeladas de verde; con sillas y sofás mullidos en vez de muebles de madera vieja; con mesas familiares en vez de escritorios con cajones; con radiadores que funcionaran de verdad en cada habitación en vez de una chimenea inútil plantada en medio del salón.

Los ruidos, gritos y golpeteos en la sala donde su madre atendía a los clientes se convertían en música en los sueños de Marcos, en los que él siempre estaba con su padre, un hombre de bien, un hombre con un oficio digno como el de lampista, mecánico, tendero o barrendero. Porque en los sueños de Marcos, su padre era ése héroe que le apartaba de Meribet y de la maldad que reinaba en la calle Brahms, y lo llevaba a ese lugar especial, ese sitio diferente que cubría la inmundicia con un velo de inocencia, donde los traficantes se llamaban ejecutivos; los maleantes, hombres de negocios, y las prostitutas, abogados.

11.25.2009

Eufemismos

- ¿Os habéis dado cuenta de lo mucho que decís la palabra “eufemismo”? – dijo el amigo, reclinado sobre la silla de mimbre en el balcón del chalet.

El aire era frío, nada estival. Porque no era verano; era el puente de mayo (uno de los muchos que hay repartidos por todo el año) y se celebraba la primera visita del verano a la playa, o al menos, era lo que hacíamos nosotros. El mar lamía plácidamente la arena unos metros más abajo, muy cerca de donde nos echamos a reír y olvidamos la anécdota, como hacemos con todas, para rememorarla en las sucesivas quedadas.

- ¿Dices esto como eufemismo de…? – solíamos preguntarnos unos a otros, y hay quien conserva aún la manía.

Es una pregunta retórica, o debería serlo, puesto que en esta vida casi todo lo que decimos lo decimos como eufemismo de algo.

Decimos original como eufemismo de raro, diferente como eufemismo de extravagante, imaginativo como eufemismo de perturbador. Utilizamos simpático para no decir gordo, independiente para no decir solterona, de color para no decir negro, asiático para no decir chino o chino para designar a cualquier asiático.

Cambiamos mono por “chico que no da asco pero con el que no saldría ni cobrando”, extremado por “digno de una prostituta de las Ramblas”, maduro por “viejo para mí, pero que no anda con bastón”, o muy joven por “niñato que no ha pisado más allá de las faldas de su madre”. Hacemos trueques con el lenguaje, trapicheos malévolos esperando que nadie se dé cuenta de a qué nos referimos en realidad con aquello que estamos recubriendo con la capa del eufemismo como si de caramelo se tratara.

Canjeamos términos hirientes como retrasado por otros más simpáticos como cortito, tonta por buena, pertinaz por testarudo, insistente por pesada, indigente por vagabundo, seguro por intransigente, convencional por anticuado, severo por tirano, nerviosa por histérica, ambiciosa por trepa, jovencita por inexperta, estresado por amargado, poco hablador por seco, reservado por tajante, tránsito intestinal por caca, interno por preso, acción armada por atentado, limpieza étnica por genocidio y genocidio por asesinato. Disfrazamos al soborno de tráfico de influencias, a la crisis de desaceleración, a la mentira de falta a la verdad, a la caja de cerillas de piso íntimo, a la persona que no encaja en nuestra visión cuadriculada del mundo de alguien especial.

Y lo hacemos todos: mentiroso quien quiera salvarse.

Hay grados, claro, como los hay con los prejuicios, la psicopatía o los resfriados. Pero en mayor o menor medida, todos acabamos teniendo.

Y llega el punto en el que usamos eufemismos hasta para el trabajo, denigrando puestos que jamás habrían sido vergonzosos de no ponerles nombres rimbombantes. Intentamos dignificar oficios de por sí muy dignos con títulos pseudoacadémicos. Cambiamos al bedel y a la señora de la limpieza por técnicos de mantenimiento, al policía urbano por un cuerpo de seguridad y control del tráfico, al dependiente por personal de ventas, al camarero por empleado de hostelería, al ama de casa por una empleada del hogar y a la puta de toda la vida, la cambiamos por una trabajadora del placer o de la noche.

Y ha habido momentos, no lo negaré, como ese día en la playa, en los que los eufemismos nos han proporcionado grandes dosis de risa. Esto no es, al contrario de lo que pueda alguien pensar, una reivindicación panfletaria contra el eufemismo como fenómeno, sino solamente una pequeña queja sobre la reciente falta de imaginación del mismo. Y no digo imaginación como eufemismo de extravagancia, sino de complejidad, de juego, de doble sentido, de astucia lingüística.

¿O no era más gracioso llamar a un burdel “casa de sombreros”, “casa de tolerancia” o incluso “whiskería” que “local de alterne”? ¿No era más imaginativo llamar a una prostitutas “halcón nocturno” o “señora que fuma” que “trabajadora sexual”? ¿No tenía más gracia cuando la cárcel era el “trullo”, “la sombra” o “Chirona” que un “centro penitenciario” o de “restricción de la libertad”? Bien, seguramente no para los presos, pero para que nos entendamos. ¿Cuándo perdimos la capacidad o la voluntad de esconder lo que no nos atrevemos a decir bajo expresiones un poco trabajadas? ¿Cuándo empezamos a dejar de decirlo absolutamente todo por su nombre, por cierto?

¡Ah! Qué buenas expresiones aquellos eufemismos que llamaban al ladrón amante de lo ajeno, aquellos en que los feos no eran poco agraciados sino que les sentaba bien la oscuridad, los que otorgaban a los bizcos el poder de mirar contra el gobierno. ¡Qué grandes eufemismos de cagar el ir de vientre, sentarse en el trono o visitar al señor Roca! O la explicación de qué se va a hacer exactamente en el retrete según el cabal de las aguas…

Afortunadamente, hay campos en los que siempre destacará la imaginación (en un mayor o menor grado de acierto) en lo que a eufemismos se refiere. Sino lo creéis haced el ejercicio y decidme cuantas palabras, fuera de lo que hoy se considera “políticamente correcto”, podéis nombrar como eufemismo de emborracharse, porro y pene.

11.16.2009

Descripción

Otro de los ejercicios del curso de narrativa, éste se trataba de escribir una descripción de un personaje que diera la idea de cómo es el personaje en todos los ámbitos.

Hice tres: una convencional, una enumeración y un diálogo. Y la que va a quedar en el blog va a ser la enumeración, que es un experimento en el que tenía poca fe en un principio pero que creo que ha acabado teniendo un buen ritmo y dando la impresión que quería transmitir.

Título: Descripción / enumeración
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 334
Género: descripción
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

Despertador, ducha, albornoz, café, periódico, ropa, maletín preparado de la noche anterior. Ascensor, llave del garaje, coche deportivo. Dar los buenos días al vigilante con un gesto, con el periódico todavía en la mano.

Aparcamiento de la empresa, plaza 7B. Comprobar la crencha y el nudo de la corbata en el espejo plegable del coche. Salir, cerrar, caminar hasta el ascensor de personal y activar la llave hasta el séptimo piso.

Otra gente en el ascensor: no se conoce, no se saluda. Se bajan en la cuarta. Tres plantas para comprobar los zapatos de cuero brillantes e impecables, los pantalones de pinza oscuros sin una sola arruga, el sudor que no ha empezado a aparecer todavía en las axilas de la camisa blanca ni en las de la americana del traje, a juego con los pantalones. Se ha olvidado el sujeta-corbatas pero es un hombre joven: da una imagen de dinamismo y modernidad. No lo necesita. El reloj de pulsera de oro macizo es lo que realza su estatus.

No hay anillo de casado, ni mujer ni prometida. Ni siquiera una pareja estable. Su cara en el espejo del ascensor le dice a veces que quizás ya no es tan joven después de todo. Una campanilla anuncia la llegada a la séptima planta. Saluda a la secretaria, a un par de compañeros. Entra en el despacho.

Mensajes: reunión después del almuerzo, comida con el director del bufete (esperanzas de ser socio en bandeja de plata), reunión de la tarde cancelada. Una oportunidad para ir al gimnasio.

Repasa ficheros de casos del maletín a la mesa y de vuelta al maletín. Llamadas a la secretaria, comprueba el correo electrónico y de almuerzo, una manzana. Reunión, trabajo, comida de trabajo, éxito en el trabajo, gimnasio, llamada de trabajo, visita a un cliente, éxito en el juzgado, bonificaciones salariales, gran trabajo.

Y por la noche: coche, ascensor, casa, brandy y cena para uno frente al televisor, masajeador de pies automático, pijama de seda y cama vacía.

11.11.2009

Enumeración

El siguiente ejercicio consiste en, leídos unos textos, buscar en el diccionario diez de las palabras que aparecen en ellos. Una vez buscadas, anotar la séptima palabra que aparece debajo de la que buscábamos y anotarlas todas. Con las diez nuevas palabras, escribir una narración en la que aparezcan todas.

Es un ejercicio con un poco de complicación pero la verdad es que es uno de mis favoritos, como el de seguir la histporia dada una frase.

En este caso, mis palabras fueron: Obsesión, intensificar, articular, batido, osadía, enjundia, horripilar, obscenidad, ventilar, calentura.

Y éste, el resultado:

Título: Ejercicio 2
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 1673
Género: terror
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

(Este cuento ha sido borrado por posibilidad de publicación.
Gracias por leerme y disculpad las molestias.
Anna Morgana Alabau)

11.10.2009

La casa sin...

Otro de los ejercicios del curso de narrativa que estoy haciendo, éste consistia en describir una casa físicamente y también su ambiente, sin utilizar un elemento: una letra que me fue dada (a ver si alguien adivina cuál ^^).

Título: La casa sin...
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 311
Género: descripción
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

Las baldosas dibujan complicados adornos a cada paso; nos transportan por la casa, por sus salas tan únicas y tan variadas, cambiando sus formas a cada habitación.

Naranja, Azul y Amarillo hablan con Gris junto a dos sofás y un balancín. Al otro lado, Rojo mira los cuadros con dibujos de fantasía colgados para adornar los muros pintados con un color poco afortunado y muy chillón. Un poco más allá, tocando a la cocina, Morado y Rosa toman un bocado para almorzar. Cada uno a su ritmo; cada cuál a su hora.

La cocina, antigua y no muy limpia oculta su abandono tras la lustrosa pila con mármol blanco y los armarios y vitrinas, marrón claro, disimulan asimismo la gran ,cantidad de platos y ollas donados por amigos y familia.

La bañera, color crudo, brilla contrastando con la pintura saltada más arriba. Rojo guiña un ojo a Rosa Claro por su tono sin gracia y aún así admirado al dar al baño un aura kitch y una visión cariñosa y nostálgica. Toallas acumuladas, alfombras mojadas, algodoncillos sucios amontonados, cajas y cajas y un aparador con jabón, pomadas, colonias, tónicos, cuchillas, gasas… divinidad dosificada. Caos por norma; armonía para cuatro.

Cuatro dormitorios con cuatro dibujos divisorios.

Amplitud y luz. La cama guarda las distancias. Amàlia y la Pintura cohabitan, batallan, colaboran, inhalan y fundan mundos anónimos con vidas propias.

Portón curtido con clavos y aldaba, ni un trozo sin dibujo ni pintura; ni un armario sin rosas, figuritas, un cáliz o un cirio. Libros por todos lados. Imagina galaxias y barrios sin salir, sólo con computadora y fantasía, con voluntad y constancia, juzgando un solo mundo muy poco para caminar sin imaginar otros. Insomnio ocasional y unas ganas locas por viajar y avistarlo todo.

Dos dormitorios vacíos por pocos días. Dos compañeras más : otras risas sonando por la casa. Mi casa.

11.08.2009

Sigue la historia

A partir de aquí mayoritariamente todo lo que postee van a ser ejercicios de mi recientemente empezado curso de creación literaria. Algunos de ellos han sido revisados y registrados en el Registro de la Propiedad Intelectual para ser mandados como muestra a editoriales (deseadme suerte ^^) .

Éste es el primero de los ejercicios que hice y consiste en, dada una frase inicial, continuar una historia con lo que le acuda a uno a la mente. Y a mí me acudió, ¿cómo no?, terror.

Título: ejercicio 1
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 1464
Género: terror
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

(Este cuento ha sido borrado por posibilidad de publicación.
Gracias por leerme y disculpad las molestias.
Anna Morgana Alabau)