1.20.2011

Hiperbreves II

Más hiperbreves y un anuncio: hace un tiempo presenté una novela de Ciencia Ficción a un concurso organizado por Playstation y una editorial. Desafortunadamente, no gané (de lo contrario sería un poco más "millonetis" y todos jugaríais al juego de mi libro XD). La cuestión era que la novela necesitaba una revisión y reescritura profundas. Como es normal en mí, me desanimé y lo dejé de lado, pero este Fin de Año, mi beta y amiga María me buscó las cosquillas y, una vez encontradas, he decidido darle ese repaso que tanto necesita e intentar publicarla. Como es lógico, no podré poner nada aquí, pero hacerlo público es una de las maneras que tengo de obligarme a seguirlo y no dejarlo colgado.
Dicho esto, os dejo con los hiperbreves que he escrito durante las dos últimas semanas (esta dudo que escriba nada, con los exámenes a la vuelta de la esquina!). ¡Hasta pronto!

HIPERBREVES II

Por no callarse

Dice la leyenda que cayó sobre ella una maldición: cada vez que abriera la boca para el elogio, la envidia y la ponzoña que la habían consumido antaño caerían sobre el objeto de su deseo, destruyéndolo para siempre.

Esta es la razón, después de años de deliberar en silencio, por la que la princesa decidió hacer muy feliz al hombre más feo, ignorante y villano del reino.

Lo Lo que nos hace hombres

¿ Qué es lo que diferencia a mi especie de la tuya? – preguntó un sabio a su perro sin ninguna voluntad retórica.

El animal agitó el rabo alegremente e inclinó la cabeza como si le estuviera entendiendo. Tras él, el fuego consumía la leña en el hogar.

Vocación

Cogía la pluma y no podía parar; encendía el ordenador y no había descanso para sus manos; hojeaba libros de consulta y diccionarios, y su cerebro jamás descansaba. Escribía, corregía, reescribía y repasaba. Mecanografiaba, imprimía, encuadernaba, ensobraba y enviaba. ¿Y luego? Luego volvía a coger la pluma, el ordenador y los libros de consulta; a escribir, a teclear y a leer; a mecanografiar, a imprimir y a mandar por correo lo que había escrito. No paraba ni para comer y siempre tenía qué leer en el baño.

Así que, cuando le preguntaron a su marido de qué había muerto la célebre autora, dijo que “de publicar”.

Prosperidad

Quería hacer algo grande con su vida, algo por lo que su nombre jamás muriera y su persona fuese eternamente recordada.

Hojeaba los libros de historia sin mirarlos, con la eterna convicción de que Julio César, Juana de Arco o Iván el Terrible lo habían tenido inmensamente más fácil. Él no tenía el tamaño del cerebelo de Einstein, ni el del bolsillo de Edison o el tiempo libre de Mary Shelley, pero quería que su nombre figurase, como los de aquellos, en la memoria de la humanidad.

De modo que un día, sin pensarlo más, decidió que sería el hombre que voló el Parlamento.

No pegar ojo

Érase una vez un inventor que no dormía, pues pensaba que la inspiración podía cogerle en sueños, y él nunca los recordaba.

Sin embargo, de puro agotamiento, jamás se le ocurrió inventar nada para grabarlos.

Abandono

- - Te dejo – le dijo ella con lágrimas en los ojos. Se había llevado todas sus cosas días atrás, pero había vuelto para despedirse -. Tienes que entenderlo – vaciló su voz mientras apartaba la mirada -. Ya no me siento segura contigo y ahora… -suspiró y se tocó afectuosamente la barriga –. Ahora tengo que mirar por dos.

Se hizo un tenso silencio mientras un hombre trajeado les miraba con cierto descaro.

- Gracias por todo – dijo ella al fin, se besó la palma de la mano y la apoyó en el capó antes de marcharse del concesionario.

Entre algodones

Se mecía como las hojas de un árbol al compás de la brisa de un día de verano, aunque no acabase de visualizar del todo aquella escena, pero le gustaba. Le gustaba casi tanto como el olor a anís y espliego que le llenaba los sentidos, como los tímidos rayos del sol, que le calentaban sin molestarle.

El vaivén del transporte era agradable, plácido, tranquilizador. Seguramente el paisaje que se veía por la ventanilla era algo idílico, pero el cansancio le vencía y se sentía tan a gusto y relajado, que acabó durmiéndose al volante.

Vida social

“No tengo tiempo de acabar el trabajo, ¡tengo demasiado que hacer!” le había dicho a su compañera de laboratorio por Facebook, justo antes de twittear una versión más corta y actualizar otra, considerablemente más larga, en su blog, myspace y livejournal. Luego se había hecho un té, estresado por aquel montón de trabajo, había hablado con varios conocidos por el Messenger, subido fotos al Fotolog, Tumblr y Picassa, un par de dibujos a Flickr y Deviantart, posteado en cuatro o cinco foros y comunidades, y comido cantidades ingentes de tortitas de arroz.

A las 3:36 de la madrugada colgaba su mensaje de buenas noches en Buzz, Facebook y Twitter y se acostaba, pensando en el montón de gente que, ojalá, siguiera interesada en su vida mañana.


1.13.2011

Hiperbreves I

Sí, llevo muchos días sin escribir nada (aquí): demasiado en la cabeza, y fuera de ella. Lo que sí intento hacer es escribir, al menos, un hiperbreve o microrrelato cada día, antes de acostarme. De manera que, a falta de una historieta que poner (lo último que he escrito me lo reservo para la novela / whatever steampunk que estoy intentando escribir, con penas y esfuerzos ^^), os dejo con unos cuantos hiperbreves de los míos... ¡Que aprovechen!

Nota: estos relatos son propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y están protegidos legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarlos o los has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

El prestidigitador

- V - Voy a hacer algo que no ha visto nunca nadie – dijo el prestidigitador a su audiencia.

- - - - ¿Y qué puede ser eso? – le increpó el que fuera el borracho del pueblo desde la grada.

Cuando el prestidigitador movió los dedos en silencio, en una fracción de segundo, a Jeremías se le quitaron las ganas de beber de por vida.

Nevada

La nieve caía y se pegaba a los cristales, a los techos y al suelo. Dentro de la casa se estaba bien; dentro de ambas. Fuera, en el mundo, hacía el mismo frío que en el interior de la bola de cristal.

El oportunista

Martino no era un estafador ni un farsante ni un ladrón, ni de guante blanco ni de mano desnuda. No era un mentiroso ni un tramposo ni un falsificador ni un timador, de poca o mucha monta, ni un tunante ni un mafioso… y desde luego no era ningún caco.

¿Qué culpa tenía él de saber aprovechar las oportunidades que le brindaba la vida sin preocuparse por desmentir la idea que se hacían, tan libre como erróneamente, de él los demás?

Consciencia

La llevo en mi maleta, vaya donde vaya. Siempre es parte de mi equipaje. Se queda ahí, junto al ordenador, entre los papeles revueltos, los libros y los post-it pegados a ellos, y me mira con reprobación cada vez que abro el maletín. Me mira frunciendo el ceño, chascando la lengua, gritándome en silencio que da igual que esconda en la maleta mi consciencia: un escritor no debería cometer los crímenes de los que vive; un asesino no debería escribirlos.

La pasajera

Se subió al tren sin mirar atrás, eligió asiento y acomodó su maleta de mano en el compartimento superior del vagón; todo sin perder de vista ni un segundo su pequeño bolso floreado. Se quitó el sombrero y el abrigo y los colocó con gracia en el asiento contiguo. Luego se sentó, dejando reposar el diminuto bolso sobre sus estilizadas piernas. Sintió una punzada de remordimiento cuando Roberto apareció corriendo por el andén, con el pelo revuelto, las mejillas sonrojadas y el corazón desbocado. Pero saber que, dentro de la tela estampada de su bolsito, se encontraban los beneficios del timo que con tanto esfuerzo habían llevado a cabo era lo suficientemente reconfortante como para olvidar al amante defraudado, que seguía de pie en el andén de la estación, mientras el tren avanzaba hacia su nuevo y prometedor futuro.

12.14.2010

Manada

Hacía días que tenía ganas de escribir una de zombies, y que sólo escribía cosillas de la novela steampunk que estoy preparando y que no puedo subir, claro está, por inacabadas y porque pretendo mandarla a alguna editorial... así que hoy estoy contenta de haber hecho un break estilístico y escribir algo de no-muertos, tras haber terminado la temporada de The Walking Dead haha.

Título: Manada
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 2698
Género: horror, terror, zombies
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.

Manada

Era Abril, otra vez, y Tarik empezaba a estar sinceramente hasta los huevos de tanto muerto. Hacía dos años que apenas salía de casa, y no por falta de ganas. Aquellas cuatro paredes habían empezado a hacérsele tan insoportables como el hedor de los cadáveres y últimamente, pretendiéndolo sólo a medias, se encontraba cada vez más metido en misiones absolutamente suicidas. Era un caso de ansiedad de manual, aunque, como estaban ahora las cosas, las enfermedades de las sociedades opulentas eran algo en lo que nadie se permitía pensar.

Su hermano Said, por ejemplo, parecía el rey tuerto en el país de los ciegos; a nadie le importaban sus brotes psicóticos ni que se les hubiera acabado la medicación hacía algo más de medio año: simplemente le daban un arma cargada, le llevaban a la azotea y disfrutaban viendo como los no-muertos re-morían uno a uno. Tiro en la cabeza y a dormir. Hasta que se le acababan las balas y le iban a buscar. Tarik pensaba que, probablemente, su hermano no había dormido así de bien en su puta vida. Quizá los médicos se equivocaban con su enfermedad: quizá sólo necesitaba matar cosas para ser feliz. ¿Y quién podía culparle, ahora que casi todo estaba muerto?

- Relevo, bereber – oyó susurrar a sus espaldas.

- No soy un bereber – contestó casi riéndose. Seguía mirando por la ventana, con el rifle apoyado en el respaldo de la silla a modo de trípode.

- Ya, bueno, tampoco pareces moro.

- Porque tampoco soy moro – replicó sin apartar la vista de la calle, llena de cuerpos sin vida que seguían andando -. Lo sabes perfectamente.

- Ya, ya, ya. Tu padre culo-blanco se casó con una mora…

- Al revés, gilipollas. Y mi padre era turco, no marroquí.

- Es lo mismo.

- Muy bien, judío – suspiró Tarik al fin. Era muy pronto para la discusión de siempre y sabía que Gus sólo quería sacarle punta porque se aburría, como todos -. Siéntate, anda.

- Yo no soy judío – replicó con enfado fingido -. Mi familia era católica.

- Es lo mismo – dijo Tarik con una sonrisa en los labios tras encogerse de hombros.

Gus sonrió y meneó la cabeza mientras apoyaba su escopeta en el respaldo de la silla, como antes había hecho él.

- Pero Tarik y Said son nombres de moro – volvió a la carga tras afianzar el arma.

- Ya, bueno, y Gustavo es nombre de rana – respondió Tarik, como siempre, pasándose una mano por la cara –. Supongo que nuestros padres veían demasiada tele.

El sonido de un disparo les silenció a ambos durante un rato. Parecía que Said había vuelto a la carga ¡y vaya si cargaba fuerte! Dos de un solo tiro; el tío podría haberse podrido toda su miserable vida en el psiquiátrico y ahora… ahora era el único de todos ellos que se iba a dormir con una sonrisa en la cara.

- Joder – susurró Gus cuando el segundo disparo había abatido a otro de los zombies –, lo que daría ahora por una tele.

- Y yo – sonrió Tarik, sentándose en el suelo a su lado. Quería irse a dormir, quería intentarlo, pero sabía que sería inútil: hasta que Said bajara de la azotea y le viera dormirse, sano y salvo, él no podría pegar ojo.

- ¿Te acuerdas de las series? – preguntó Gus de repente, sin apartar la vista de la ventana.

- Me acuerdo de los anuncios.

- ¡Oh, sí! Los de coches.

- Los de Martini.

- ¿Pero no se supone que vosotros no bebéis?

- Y dale – sus miradas se cruzaron y Tarik se echó a reír -. Nosotros éramos laicos.

- Mira el bien que le hizo la bebida a tu hermano…

- ¡Serás gilipollas!

- No te ofendas, pero me alegro de que esté tarado.

Tarik no supo cómo responder a eso. No estaba seguro de si quería partirle la cabeza, insultarle o preguntarle por qué coño diría algo como aquello. Quizás hiciera las tres cosas a la vez.

- Entiéndeme – aclaró Gus antes de que pudiera hacer ninguna -: sin él estaríamos todos muertos.

Tarik asintió; no le quedaba otra. Se había pasado la vida compadeciendo a su hermano, yendo a visitarle al psiquiátrico los domingos con una mueca entre la obligación y la pena, y ahora que el mundo parecía tocar a su fin, que los malditos jinetes del Apocalipsis del memo de Gus habían venido, se habían cagado en la humanidad y se habían largado, ahora Said era el genio y todos los demás daban pena.

- Habrá que volver a salir a por provisiones – comentó Tarik como si hablara para sí mismo.

- Seh – masculló Gus. A él no le hacía ninguna gracia tener que salir del dúplex que habían fortificado y andar entre los malditos zombies por cuatro asquerosas latas –. Seguro que tú te apuntas – observó, no sin cierta malicia.

- ¿Es que tú no te aburres?

- No tanto como para querer suicidarme.

- Si no lo intentáramos…

Tarik dejó la frase en el aire. Sabía perfectamente que Gus, como los demás, era consciente de que había que salir a por comida y agua potable, pero no le culpaba por no ofrecerse a ello. Se había convertido en un buen tirador, y todos daban gracias a Sony y a Nintendo por ello, pero el trabajo de campo no era lo suyo.

Los primeros meses de encierro habían sido horribles para él. Se había roto cuatro dedos de un pie y fracturado un tobillo en la huida, sólo que la adrenalina le había impedido darse cuenta hasta que estuvieron más o menos a salvo. Entonces habían empezado los dolores atroces, las horas de vigila, el morderse desesperadamente las uñas y los alrededores de éstas para no gritar mientras los zombies seguían aporreando paredes y puertas. Julio le había puesto una especie de tablilla casera bajo los dedos y alrededor del tobillo y le había prohibido moverse en al menos tres días, pero las cosas no eran tan fáciles.

- Suerte que tenemos a Helga – susurró Gus, como si leyera sus pensamientos. Tarik asintió.

La tía era una friki, y de las grandes. Cuando Julio, Gus y Miren llegaron al bloque, ella ya estaba dentro, apilando máquinas de las obras de la esquina a un lado de la entrada. Gus le había preguntado qué coño pretendía y la tipa le había sacado un manual de supervivencia en caso de una invasión zombie. ¡Un puto manual! ¡Como si lo hubiera sabido de antemano! El tío se quedó helado. Sin embargo, todos siguieron sus órdenes.

Al llegar Tarik y su hermano, los otros cuatro ya habían destrozado las escaleras desde la entrada al primer rellano. Tras asegurarse de que podían hablar y razonar, Helga les hizo entrar en el edificio y desnudarse de arriba abajo, a pesar de sus muchas quejas. Los demás también habían tenido que hacerlo, y ella misma, para demostrarles que no estaba infectada. Comprobó que no tuvieran mordeduras o arañazos sospechosos y empezó a dirigir el cotarro. Tarik quiso imponerse: no le iba a mandar una niñata que no levantaba dos palmos del suelo, pero cuando Helga le sacó el manual se quedó tan callado como Gus.

Tapiaron como pudieron las puertas del edificio para que resistieran un poco más y subieron al ascensor, parando en cada planta para recoger lo que les pudiera hacer falta. La última parada fue el ático: un dúplex de lujo totalmente abandonado, pero con la nevera llena a rebosar. Una vez allí, Helga les dijo que se despidieran de la civilización y, sin ningún tipo de ceremonias, arrancó los cables del panel de control del ascensor para que no se pudiera volver a usar.

Fue en aquél preciso momento cuando Tarik se dio cuenta de la verdadera dimensión de lo que acababa de pasar.

El ático tenía una puerta con una escalera que daba a la azotea. Destruyeron todos los accesos a la vivienda salvo aquél y Helga salió al exterior para recoger la escalera de incendios antes de que alguno de los cadáveres la bloqueara. Sería su única salida, su vía de escape y regreso para cuando se les acabaran los víveres o las municiones. Porque, como descubrieron no mucho más tarde, la tía no había escogido aquel bloque por que sí: sabía que dentro habría comida y, sobre todo, armas. Lo que nunca les dijo fue cómo lo había sabido.

- Echo de menos el queso – suspiró Gus tras un rugido de su nostálgico estómago.

- Y yo – asintió Tarik.

- Y cualquier cosa cocinada…

- Hacemos cosas cocinadas.

- Latas. ¡Puaj! Eso no es comida de verdad.

Tarik asintió, riéndose con lástima. La última vez que habían comido algo recién cocinado había sido la semana en que llegaron. La nevera del ático estaba llena, pero Helga les dijo que no podían confiar en que la ciudad mantuviera el suministro eléctrico, de manera que habría que cocinar lo que pudiera estropearse. En aquel momento empezaron a racionar la comida, cocinando primero lo que corriera más peligro de ponerse malo: carne, verduras, sopas y, cuando el mundo se quedó sin electricidad, empezaron con los congelados.

- ¿Te acuerdas de las gambas? – preguntó Tarik de repente, como si aún pudiera saborearlas.

- ¡Oh!¡Joder! Las gambas…

Nada más empezar con las cosas del congelador habían descubierto un par de cajas de langostinos y gambas. Julio las había cocinado con la receta de su padre, que se había pasado la vida currando de chef en un restaurante cerca de la playa. Helga había estado guay aquella noche y les había puesto una mesa elegante, con manteles de Navidad, algunas velas encendidas y copas de champán, aunque llenas de agua. Se habían pegado el banquete de su vida, o al menos de la que iban a llevar a partir de ahora, y les había sentado de puta madre.

- ¿Sabes lo que echo de menos? – dijo Gus tras dispararle a un zombie que se estaba acercando demasiado a la escalera -. Una buena hamburguesa gorda y grasienta, con bacon, cebolla, queso y kétchup.

- Y patatas deluxe – añadió Tarik, leyéndole la mente.

- ¡Oh! ¡Joder, tío! Patatas deluxe…

- Arroz al curry.

- Sushi y yakisoba y arroz tres delicias.

- Pollo a la cerveza.

- Espaguetis con parmesano, pero el de verdad.

- Las albóndigas de mi madre.

- Un shawarma llenito de salsa de yogur.

- Atún con cebolla caramelizada.

- Pan con tomate y jamón salado.

- ¡Tortilla de patatas!

- ¡Buñuelos de bacalao!

- ¡Silencio! – la voz de Miren les llegó desde la cocina. Seguramente acababa de levantarse, hambrienta, con nada más que llevarse a la boca que unas miserables tortitas de arroz de régimen, que era lo último que siempre les quedaba -. Habrá que salir a por comida – dijo, entrando en el cuarto de la lavadora, donde estaban ambos.

- Eso le decía yo a Gus.

- Helga irá, como siempre. ¿Tarik?

- Pues claro. ¿Tú vas? – le preguntó, calculando las posibilidades que tendrían si esta vez iba Miren en vez de Julio.

Miren asintió.

- Julio sigue con lo de la barriga. También necesitaremos agua.

Se quedaron en silencio durante un rato. Que Miren fuese con ellos en lugar de su novio era una buena noticia: era mucho más ágil que el armatoste de Julio y pasaba más desapercibida. Además, tenía una especial facilidad para coger lo que era esencial y necesario y dejarse de pijadas. Sin embargo, los dolores de barriga de Julio habían empezado a preocuparles de una manera poco sana. Le habían comprobado el cuerpo y la cara después de la última escaramuza por la comida, hacía menos de dos semanas, y parecía no tener nada. Aun así, desde aquel día había empezado a encontrarse muy mal y parecía ir a peor. Helga le miraba cada vez con más recelo y tanto él como los demás sabían que nada bueno podía salir de aquella mirada.

Todos recordaban como, dos días después de entrar, un par de supervivientes se habían acercado al edificio. Ellos todavía estaban fortificando y hacían pequeñas incursiones a la calle para recoger provisiones, armas y materiales. Supusieron que les habían visto desde la plaza, corriendo las cortinas y subiendo por la escalera de incendios, así que se habían puesto a gritar y a hacer gestos con las manos. Helga les llamó estúpidos cretinos, pero bajó a buscarles con Gus antes de que atrajeran a más cadáveres. Les llevaron al pie de las escaleras y Gus se quedó en la entrada del callejón para avisarles si los zombies se acercaban. Helga les hizo desnudarse.

La mujer, Diana, lo hizo sin rechistar, lanzando miradas nerviosas a su marido, cuyo excesivo sudor no le pasó desapercibido a Helga. Miró a la mujer de arriba abajo y comprobó que no tenía mordeduras ni arañazos, pero cuando le tocó al marido, éste se negó a desnudarse. Gus miraba a la calle, que parecía en calma, pero estaba atento a lo que pasaba detrás, pendiente de si Helga necesitaba que le echara una mano. No obstante, parecía que lo tenía bastante controlado.

Sacó su pistola de la funda y apuntó al tío a la cabeza.

- O eres un estúpido pudoroso y no te quieres desnudar porque te avergüenza, o no quieres hacerlo porque estás infectado – le dijo, apretando un poco más la pistola contra su sien -. En ambos casos acabas muerto.

Así que el tío acabó desnudándose.

Antes de que Gus o la tal Diana se dieran cuenta, Helga le metió una bala en el cráneo. Gus se volvió y corrió hacia ella. El tío tenía una mordedura en el costado. Había pus y carne desgarrada y lo que podía ser necrosis alrededor de la herida. La tía se echó sobre Helga como una loca, gritando e intentando arañarla, pero Helga se apartó y le metió un balazo también a ella. Sabía que no estaba infectada, pero no iba a correr el riesgo de que nadie que hubiera estado fuera le arañara. Tampoco estaba dispuesta a dejar que alguien fuera de sus cabales pusiera en peligro a su “manada”. A Gus le pareció extraña la manera en que les había definido, pero a medida que pasaba el tiempo se daba cuenta de que, para sobrevivir, no les quedaba otra que organizarse, que actuar menos como personas y un poco más como animales, sin que hubiera nada en ello que tuvieran que reprocharse.

- Ellos ya están muertos – les había dicho Miren tras lo que había ocurrido ahí abajo –. No pueden perder nada. Sobrevivir a esto sólo depende de nosotros.

Pero había momentos en los que sobrevivir no parecía tan fácil. A decir verdad, casi nunca lo parecía. Había ratos, sin embargo, en los que dejarse caer desde la azotea resultaba una idea especialmente seductora, casi tanto como ofrecerse voluntario a la expedición para llenar la despensa.

Tarik sabía por qué lo hacían ellas: Miren se había agarrado a la supervivencia en grupo como a un clavo ardiendo. Levantarse por la mañana, o cuando fuera su turno de vigilancia, y poder hablar sobre cualquier cosa, tener una rutina, contar cadáveres y objetivos conseguidos… todo aquello hacía que todavía se sintiera viva. Ya no le importaba querer a Julio, o saber que él la quería. Lo único que importaba era mantenerles con vida; que al menos le debiera eso. Helga, en cambio, lo hacía por orgullo. Era la “líder de la manada”, como a veces la llamaba Gus en broma, pero esa era la realidad. Tenía más idea que nadie sobre qué estaba sucediendo y por qué, diseñaba las estrategias defensivas, controlaba las armas, los suministros, las provisiones… era con quien todos contaban para sobrevivir y se sentía orgullosa de ello, aunque a veces se desmoronara en un llanto callado tras la puerta del baño. En cuanto a él… quizás sólo lo hiciera por aburrimiento. Tenía ganas de sentir algo, de tener una meta en la vida más allá de la supervivencia y de tener que cuidar de su hermano.

Tarik sólo quería vivir, aunque eso significara tener que jugar a escondidas con la muerte.

12.09.2010

Cuidados intensivos

Otro ejercicio del curso de narrativa. Esta vez iba de poner en relación a un grupo de personas que normalmente no se relacionarían si no estuvieran en una situación concreta o por necesidad. Y como es fácil imaginar, me salió una de zombies ^^


Título: Cuidados intensivos
Autora: Anna Morgana Alabau
Palabras: 1296
Género: horror, terror, zombies
Nota: esta narración es propiedad de su autora (Anna Morgana Alabau) y está protegida legalmente contra cualquier intento de plagio. Si quieres usarla o la has visto en otro sitio, por favor, ponte en contacto con morganaofavallon@gmail.com. Gracias.


Cuidados Intensivos

Probablemente Ángel es el único que sabe que no pueden salir de allí, aunque está en el lugar más peligroso del mundo ahora. Alexandra también lo sabe, pero su conocimiento no le será de utilidad hasta que despierte de la anestesia, y para ello faltan todavía un par de horas. La mira de nuevo y desea que hubiera muerto de peritonitis antes de que los médicos se dieran cuenta de lo que le pasaba en realidad. Está seguro de que, sea como sea, no va a haber supervivientes en el hospital.

- Se supone que esto tiene que ser seguro – oye sollozar a una mujer. A su hijo acaban de atravesarle el cráneo con el soporte de un gotero -. Por eso vinimos aquí, porque tienen medicinas, porque podían curarle…

- La muerte no se cura, señora – interrumpe Ángel con una voz que ni siquiera le parece la suya -. Su hijo ya estaba muerto antes de llegar. Se le murió en casa hace dos días, ¿es que no se dio cuenta?

- Creí que… - musita ella, entre la tristeza y la vergüenza -. Creí que Dios me lo había devuelto.

- Esta mujer es estúpida – escupe la muchacha que tiene al lado y que no hace más que amontonar los materiales de la habitación -. Su ignorancia y la de gente como usted es lo que convierte los hospitales en tumbas cuando hay epidemias como ésta.

Ángel la mira detenidamente. Era la primera vez que habla y, después del pánico inicial y de haber conseguido atorar las puertas de la UCI, consigue ver un patrón racional en lo que está haciendo.

- Lo sabes – dice, con su mirada fija en ella.

- Veo que no soy la única – responde sin dejar de apilar jeringas, bandejas y todo tipo de material -. ¿Conoces el plan?

- No mucho – admite Ángel. Alguna vez, cuando leía cuentos de miedo, había pensado en aquellas cosas: un plan de supervivencia para eventualidades que no deberían de pasar jamás; o había jugado con Alexandra a ver a quién se le ocurría la mejor estrategia, pero nunca se lo habían tomado en serio. Parece que hay quien sí lo ha hecho -. Sólo recuerdo las provisiones, armas y munición, huir de la ciudad, refugiarse en sitios altos…

- Olvídate de eso, chaval – masculla ella, mirándole durante un segundo -: estamos atrapados en un maldito hospital. Aquí no va a sobrevivir nadie.

- ¿Se puede saber de qué demonios estáis hablando?

El tipo es tan grande que su cuerpo impide que Ángel vea a la chica. Es el que se ha cargado al zombie antes. Ha ido todo tan rápido que no está seguro de cómo han conseguido cerrar las puertas de aquella zona de la UCI sin que entrara ninguno de los cadáveres, que venían arrastrando los pies por el pasillo y profiriendo sus aullidos desarticulados. Entonces el hijo de la señora ha empezado a imitar sus sonidos, a sacar los dientes, a babear y a intentar alcanzar con los brazos la cabeza de su madre. Ángel ha cogido el soporte del gotero al lado de la camilla de la que se ha levantado y se lo ha tirado al gigante, gritándole que le atravesara el cráneo. El tío lo ha hecho. Luego se ha apartado, sentado en una de las sillas de visitas y callado hasta este preciso instante.

- Si alguno de vosotros sabe de qué coño va todo esto – pronuncia con tono amenazante – que lo diga de una puta vez.

- Zombies - le suelta la chica sin mirarle siquiera a la cara -. Muertos andantes, cadáveres revividos, moradores de las tumbas, chupa-cerebros, caminantes, bichos, la última plaga, los jinetes del Apocalipsis, sólo que a pata… ¿hace falta que siga?

El tipo abre la boca para decir algo, pero prefiere callarse. Ni siquiera sabe cómo empezar a decirle lo tremendamente estúpidas que le han sonado sus palabras, pero no hace falta. Ella lo sabe.

- Créetelo o no te lo creas – le espeta, levantándose del suelo -. No podría importarme menos.

- ¿Con qué armas vamos a hacerles frente? – pregunta una vocecilla proveniente de una esquina de la habitación. Ángel y la chica se giran. El gigante cierra los ojos con pesar.

Se trata de un hombre mayor, casi ciego a juzgar por su mirada vaga. Todavía está sentado en la camilla.

- Un placer contar con un valiente – dice la chica, pero no hay burla en su expresión -. ¿Cómo se llama, abuelo?

- Martín. ¿Y tú, jovencita?

- Ariadna –. Se acerca un poco y le mira durante unos instantes -. ¿En qué guerra luchó?

- En la civil – responde el anciano con una sonrisa afligida -. ¿Y tú?

- En cualquiera que haya habido durante los últimos cinco años en África –. El abuelo asiente, levantando la mano para dársela -. Trabajo de escolta para una ONG, o lo hacía hasta esta mañana… - aclara tras el apretón de manos.

- Entonces – insiste el anciano -, ¿con qué contamos?

- Cuatro mierdas, señor Martín, si he de serle franca – le responde. El gigante se ha situado justo detrás de ella y la escucha como si fuera a revelarle un secreto -. Los soportes de las sondas han conseguido atravesar un cráneo, pero no me fiaría demasiado.

Se calla durante un instante. La madre ha empezado a sollozar de nuevo y se ha retirado aún más del cadáver, cuyo olor empieza a ser insoportable.

- Jeringas, agujas, sondas… todo demasiado corto y demasiado frágil. Hay chismes de acero, pero sólo nos servirán para reforzar la barricada; es inútil: acabarán entrando.

- Puede que no – suelta de repente un hombre de mediana edad en el que Ángel ni siquiera había reparado. Estaba recostado sobre una silla al lado de la cama de su esposa inconsciente, y no había pronunciado palabra. Tiene los ojos rojos, como de haber estado llorando todo el rato, y la voz ronca por el esfuerzo de hablar -. Puede que, si aguantamos lo suficiente, nos vengan a buscar. Tienen que saber que queda gente viva dentro, ¡tendrán que verificarlo!

- ¿Verificarlo? – le suelta Ángel tras mirar durante unos segundos a Alexandra -. Si tenemos suerte a estas horas ya habrán cerrado la ciudad y dentro de no muchas destruirán todo lo que esté dentro de la zona de cuarentena con armamento nuclear. Espero que tengamos suerte…

- ¡No digas eso! – chilla el hombre con una voz que parece rasgarle las cuerdas vocales -. ¡No seas tan cínico, hijo! Nos vendrán a buscar.

- No se engañe, señor – le corrige Ariadna -; aquí los únicos que van a venir son los muertos. Nosotros estamos condenados.

- Pero debe de haber una manera de salir – susurra el gigante. La mano del anciano se agarra fuertemente a la suya y Ángel se da cuenta de que puede que sea su abuelo. Agarra la mano de Alexandra -. No podemos rendirnos.

- Y no lo haremos – susurra Ariadna -. Pero tenemos que asumir que sólo hay dos maneras de salir de aquí: muertos de verdad o como caminantes.

Se miran los unos a los otros. Todos saben qué ha querido decir con aquello. La madre del primer zombie acaba de desmayarse, Alexandra y la esposa del hombre de mediana edad están todavía inconscientes y puede que no despierten jamás, él llora abrazado a su pecho mientras Ángel aprieta fuertemente la mano de su hermana, igual que el gigante aprieta la de su abuelo, que no deja de palmearle la espalda. Está a punto de llorar, como los demás.

Ariadna se agacha de nuevo hacia el suelo y levanta una bandeja con ocho jeringas llenas y preparadas. Todos saben que es la única manera de escapar.